
«¡Qué reine la oscuridad!»
Crónica por PolMetalhead, Fotos ofiiciales del festival
La Carpa del Poble Espanyol de Barcelona se convirtió durante dos semanas en la capital del metal en todas sus vertientes gracias a tres festivales de temática muy diferente. Primero, Rock the Sun nos dio hard rock y melodías para dejarnos la voz. Después llegaba Be Prog! My Friend para volarnos la cabeza con algunos músicos técnicamente impresionantes. Solo quedaba entonces la velada más oscura. Este Okkult Session era la celebración de estilos más pesados como el doom, el black metal atmosférico o el gótico.
Sotabosc
Los encargados de abrir esta quinta edición del Okkult Session fueron Sotabosc, una de las dos representaciones de la escena catalana presentes en el cartel. La banda barcelonesa saltaba al escenario de La Carpa del Poble Espanyol a las cuatro de la tarde, una hora poco agradecida para cualquier festival, pero se encontró ya con una cantidad bastante respetable de público dispuesto a empezar la jornada desde el primer concierto.
Formados en 2023, Sotabosc llegaban además en un momento especialmente interesante, pocos meses después de publicar su debut, El batec dels Maquis. Su mezcla de black metal atmosférico y texturas cercanas al post-rock funcionó perfectamente como primera toma de contacto con el carácter oscuro que marcaría el resto del día. No necesitaban recurrir constantemente a la agresividad para resultar intensos y uno de los aspectos que más me llamó la atención fue el trabajo vocal de David Rodríguez. Su gutural sonaba profundo y contundente, pero al mismo tiempo resultaba sorprendentemente fácil de entender, algo especialmente agradecido teniendo en cuenta que las letras de la banda están interpretadas íntegramente en catalán.
Precisamente ese uso del catalán es una parte importante de la identidad de Sotabosc, cuya música está muy ligada a conceptos como la tierra, la memoria y la resistencia. Esa conexión adquirió además un carácter mucho más personal cuando la banda dedicó uno de los temas a Núria, amiga de la formación, dejando uno de los momentos más emotivos de su actuación.
Era apenas el comienzo de una jornada que todavía tenía muchas horas por delante, pero Sotabosc cumplieron sobradamente con la complicada tarea de abrir el festival. Un concierto sólido, con personalidad propia y que sirvió como una introducción especialmente apropiada para todo lo que iba a suceder después en el Poble Espanyol.
Hela
Tras el buen arranque de Sotabosc, llegaba el turno de Hela, formación procedente de Elche y otra de las representantes estatales de la jornada. Desde los primeros minutos quedó claro que estábamos ante una banda muy trabajada, con un sonido prácticamente impecable y una ejecución que transmitía experiencia y seguridad sobre el escenario.
Buena parte del peso del concierto recaía sobre Raquel Navarro, cuya voz se convirtió rápidamente en uno de los elementos más destacados de la actuación. Su registro limpio aportaba un contraste muy efectivo frente a la densidad instrumental de la banda y conseguía dar a las composiciones un carácter más envolvente sin perder fuerza. También se notaba que Hela contaban con bastante apoyo entre el público, algo que ayudó a mantener una conexión constante durante buena parte del concierto.
Sin embargo, pasada aproximadamente la primera media hora empecé a echar en falta algo más de energía o algún cambio de dinámica capaz de levantar un poco más al público. El sonido seguía siendo excelente y la interpretación no bajaba de nivel, pero la propia naturaleza de su propuesta hizo que algunos pasajes comenzaran a sentirse demasiado continuistas.
Fue precisamente ahí donde se notaron las tablas de la banda. Hela supieron detectar esos pequeños momentos de desconexión y volver a atraer la atención del público cuando el concierto parecía perder algo de impulso. Esa capacidad para manejar los tiempos y recuperar a los asistentes terminó siendo otra muestra de la experiencia de una formación que, incluso en sus momentos menos lúcidos, dejó claro que sabe perfectamente cómo desenvolverse sobre un escenario, casi como en el patio de su casa.
Probablemente no fue el concierto más explosivo de la jornada, tampoco es su estilo, pero Hela dejaron una actuación muy sólida, especialmente cuidada en lo sonoro y encabezada por una interpretación vocal que terminó siendo uno de sus grandes puntos fuertes.
Evoken
Con Evoken llegaba uno de los cambios de atmósfera más marcados de toda la jornada. Los estadounidenses llevaron al Poble Espanyol hacia los terrenos mucho más pausados del funeral doom, construyendo su actuación a través de tempos lentísimos, guitarras pesadas y una sensación constante de estar descendiendo poco a poco hacia algún lugar cada vez más profundo.
Su música no necesitaba acelerar ni buscar grandes explosiones para resultar tremendamente intensa.

Todo lo contrario. Cada riff parecía tener tiempo suficiente para asentarse antes de dar paso al siguiente y el sonido adquiría una densidad que prácticamente se podía sentir físicamente.
Era una de esas actuaciones que no simplemente escuchabas, sino que poco a poco se te iba metiendo hasta las entrañas.
Sobre el papel, una hora construida alrededor de una propuesta tan lenta y reposada podría hacerse especialmente larga. La realidad terminó siendo completamente opuesta. Evoken consiguieron crear una atmósfera tan hipnótica que la percepción del tiempo prácticamente desaparecía. Cuando parecía que apenas habíamos entrado de lleno en su particular universo, el concierto estaba ya acercándose a su final.
Ahí reside probablemente una de las mayores virtudes de la banda. Su funeral doom tiene algo profundamente introspectivo, casi absorbente, capaz de aislarte durante unos minutos de todo lo que ocurre alrededor. No hacía falta conocer cada composición ni esperar un momento concreto del repertorio. El verdadero atractivo estaba en dejarse llevar por ese sonido tan característico y permitir que Evoken marcasen el ritmo.
La hora terminó pasando sorprendentemente rápido y dejó una de las experiencias más inmersivas del festival. Evoken no necesitaban levantar al público, necesitaban atraparlo, y durante buena parte de su actuación consiguieron exactamente eso.
Tiamat
Si hasta ese momento el festival había ido construyendo poco a poco su atmósfera, con Tiamat llegó uno de los conciertos más completos de toda la jornada. La banda ofreció una actuación tremendamente equilibrada entre fuerza, belleza y personalidad, demostrando que, más de tres décadas después, siguen siendo capaces de convertir su música en algo mucho más grande que una simple sucesión de canciones.
Desde los primeros compases quedó especialmente clara la potencia de la sección instrumental. Las guitarras sonaban enormes y la batería aportaba una pegada capaz de dar todavía más cuerpo al sonido tan oscuro de los suecos. Temas como Clouds o The Sleeping Beauty fueron algunos de los que más disfruté del concierto, precisamente por esa combinación entre peso y melodía que Tiamat siempre han sabido manejar de una manera tan particular.
Otro de los puntos álgidos llegaría con The Ar. Hay algo en este tipo de composiciones que resume muy bien lo que hace especial a la banda: estructuras que avanzan sin prisas, ambientes que parecen crecer alrededor del público y una sensación constante de estar dentro de algo casi hipnótico. Esos golpes de batería mezclados con unas voces tan limpias y, al mismo tiempo, tan oscuras consiguen atraparte por completo.
El recorrido por canciones como Whatever That Hurts o Cain permitió además comprobar cómo su material más reconocible sigue funcionando con una fuerza enorme en directo. Son temas que encajan de manera natural dentro de un set tan atmosférico y ayudaron a mantener una respuesta constante entre el público sin romper en ningún momento la identidad del concierto. Más adelante, Vote for Love aportaría uno de los grandes golpes de la recta final, ofreciendo un contraste muy efectivo antes de afrontar el cierre.
Buena parte de esa capacidad recaía sobre su vocalista, en un estado de forma realmente impresionante. Su voz conserva ese carácter profundo, poético y casi narrativo que siempre ha sido una de las grandes señas de identidad de Tiamat, pero en directo adquiría todavía más fuerza gracias a una presencia escénica tremendamente magnética. Había algo especialmente elegante en su manera de interpretar, como si cada frase tuviera un peso propio y cada silencio estuviera colocado exactamente donde debía. Me recordaba a las sensaciones que me transmiten grandes vocalistas con una identidad enorme sobre el escenario como Bob Catley, de Magnum, o Bobby Liebling, de Pentagram.
El concierto fue creciendo con mucha naturalidad hasta llegar a un cierre especialmente bonito con Gaia. Terminar una actuación de esta magnitud con un tema tan largo, introspectivo y personal podría parecer una decisión poco convencional, pero funcionó precisamente por eso. En lugar de buscar un final más explosivo, Tiamat optaron por dejar que el concierto se despidiera lentamente, permitiendo que cada pasaje respirase y que la canción terminara envolviendo por completo el recinto.
Fue un cierre precioso para uno de los mejores conciertos del festival. Tiamat consiguieron combinar la potencia de su instrumentación con una sensibilidad enorme, construyendo una actuación capaz de ser contundente en un momento y profundamente introspectiva pocos minutos después. Si algo quedó claro al terminar Gaia es que estamos ante una banda que no necesita recurrir a artificios para seguir resultando especial.
Paradise Lost
Decía que Tiamat habían sido de lo mejor de la jornada porque todavía faltaba una banda más. Después de casi siete horas de festival llegaba el momento de comprobar por qué Paradise Lost ocupaban la parte más alta del cartel. Y prácticamente desde que aparecieron sobre el escenario quedó claro. Si durante toda la jornada habíamos disfrutado de actuaciones muy buenas, los británicos dieron un paso más. El sonido, la presencia escénica y la respuesta del público hicieron que su concierto terminara siendo, para mí, el mejor de todo el Okkult Session.
Serpent on the Cross fue la encargada de abrir el concierto y sirvió para dejar claro desde el principio que el material más reciente tiene sitio de sobra dentro de su repertorio. A partir de ahí llegó One Second, mucho más melancólica, antes de que The Last Time terminara de meter al público de lleno en el concierto. Las guitarras de Gregor Mackintosh y Aaron Aedy sonaban enormes, mientras Nick Holmes se mostraba en un estado vocal fantástico.
Faith Divides Us – Death Unites Us fue uno de los primeros temas que más disfruté. Ese sonido entre solemne y melancólico encajaba perfectamente en un concierto que sabía alternar la contundencia con pasajes mucho más contenidos. The Enemy volvió a subir ligeramente la intensidad antes de que As I Die nos transportara a las primeras épocas de la banda.
El nivel volvió a subir con Salvation. Las campanas y los sonidos de cuervos reforzaban todavía más su carácter oscuro y terminaron convirtiéndola en uno de los pasajes más especiales de la actuación. Algo parecido ocurrió con Requiem, otra de las canciones que más disfruté, con Holmes moviéndose de nuevo por esos registros graves que tan bien encajan con la música de Paradise Lost. Say Just Words aportó después una cara mucho más directa, con un público ya completamente entregado y dejándolo todo.

Y entonces apareció Hallowed Land. Para mí, uno de esos momentos de la noche que difícilmente olvidaremos los que estuvimos allí. Es uno de esos temas donde Paradise Lost consiguen juntar prácticamente todo lo que los hace especiales: melancolía, peso, melodía y unas guitarras capaces de sonar al mismo tiempo oscuras y preciosas.
Tyrants Serenade volvió a demostrar lo bien que funciona el material más reciente dentro de un repertorio lleno de clásicos. En ningún momento parecía una canción colocada por obligación para presentar disco nuevo. Entraba con total naturalidad dentro del set y terminó siendo también una de las que más disfruté.
Uno de los momentos más curiosos llegó con Smalltown Boy. La versión del clásico de Bronski Beat podría parecer una elección extraña dentro de un concierto así, pero funcionó de maravilla. Ver a buena parte del público cantando y moviéndose después de tantas horas de música mucho más melancólica y oscura fue uno de esos instantes que hacen tan especiales estos festivales.
La recta final comenzó con Embers Fire antes de que llegara Ghosts, otra de mis favoritas de la noche. Mucho más directa y con una energía distinta a buena parte del repertorio anterior, volvió a levantar al público cuando ya nos acercábamos al final. Silence Like the Grave terminó poniendo el cierre definitivo a una actuación que había mantenido el nivel desde el primer minuto.
Después de Sotabosc, Hela, Evoken y el enorme concierto de Tiamat, parecía complicado subir otro escalón. Paradise Lost lo hicieron. Se notó quiénes eran los cabezas de cartel no solo por el nombre situado en lo más alto del póster, sino por la autoridad con la que dominaron el escenario y por una respuesta del público que fue creciendo durante todo el concierto. Una banda histórica que sigue sonando con una fuerza enorme.
Este era mi primer Okkult Session, pero desde luego no será el último. Hablamos de un festival único, dedicado a unos estilos que demasiadas veces quedan olvidados dentro de los grandes festivales y que aquí pueden reivindicar toda su importancia. Y, por si quedaba alguna duda de que existe público para una propuesta así, La Carpa estaba hasta arriba. No cabía un alfiler.

