
«The Cult, Blind Guardian y Leprous: diversidad sonora y culto al rock para un cierre inolvidable»
Crónica Julia López, Fotos Crom
«La última jornada transformó el Parque El Batel en un hervidero musical: desde bandas locales emergentes hasta leyendas consagradas, dejando en el público un recuerdo imborrable de un día tan intenso como variado.»
28 de junio de 2025 – Parque El Batel, Cartagena
La jornada del sábado se presentó como el clímax perfecto para los tres días de celebración rockera y metálica en el Rock Imperium. Con las energías justas pero la emoción intacta, afrontamos el último día bajo un sol implacable y un ambiente festivo. Como es tradición en el festival, las primeras horas estuvieron reservadas a talentos locales y emergentes que abrieron fuego en los escenarios principales, para luego dar paso a los nombres internacionales más esperados. Lo que siguió fue una maratón de música diversa –desde rock melódico hasta metal extremo– que mantuvo al público entregado de principio a fin.
Punto & Final: La misión de inaugurar el sábado recayó en Punto & Final, banda cartagenera de rock/heavy con más de una década de trayectoria. A pesar de los pocos asistentes tempraneros y el calor reinante, los murcianos salieron visiblemente emocionados por tocar en un escenario de tal magnitud. Con su rock potente y riffs clásicos, hicieron vibrar a los primeros madrugadores con temas propios como “Escápate” o “Dueño del Rock ’n’ Roll”, extraídos de su disco Crisálida. Uno de los momentos más celebrados fue la aparición especial del veterano vocalista José Cano (ex-Centinela) para cantar a dúo “Hijo del Sol”, luciéndose con un agudo final que arrancó aplausos. La banda –con Yayo Hernández al frente y arropado por Willy López-Acosta y Borja Roth a las guitarras, Manolo Molero al bajo, Marta Soto a los teclados y Fran Iniesta en batería– cerró su actuación orgullosa con “Lazos de rock” y la épica “La leyenda de la mano negra”, despidiéndose entre sonrisas y agradeciendo esta oportunidad de oro en casa.
Inxight: Desde Málaga llegó Inxight para subir la intensidad con su metal moderno de tintes melódicos. El cuarteto andaluz, fundado en el año 2000, demostró una gran solidez técnica combinando riffs pesados, cambios de ritmo y estribillos pegadizos. Arrancaron su descarga con la contundente “The Outsider”, dejando claro que venían a por todas pese al sol abrasador. Su vocalista, Alejandro Morán, impresionó por la versatilidad de su voz en inglés, mientras la banda sonaba compacta y profesional. El público, aunque reducido a esas horas, respondió animado especialmente con temas como “Windup Girl” (de su álbum Right Words) y “Hollow Treasures”, esta última originalmente grabada con Björn Strid de Soilwork pero defendida con fuerza por el propio Morán. Inxight también aprovechó para presentar material más reciente, como la envolvente “Small Talk” y su nuevo single “Rewind”, con un riff poderoso y estribillo excepcional que augura un gran futuro para su próximo disco. A pesar del calor infernal y la hora temprana, la banda logró conectar y dejó muy buenas sensaciones, demostrando que la escena metalera malagueña tiene mucho que ofrecer.
Mind: El relevo lo tomaron los cartageneros Mind, aportando un giro hacia sonidos alternativos y progresivos. Este joven cuarteto local (formado a finales de 2018) desplegó un estilo ecléctico difícil de encasillar, con influencias que recordaban por momentos a Tool y otras bandas de metal alternativo de los 90. Con Pedro Asensio a la voz, Joshua Aguilera a la guitarra, Alejandro Domínguez al bajo y José Víctor Cortés en la batería, Mind sumergió al público en atmósferas densas y pasajes cargados de emotividad. En apenas media hora interpretaron completo su EP debut, incluyendo el potente sencillo “Engage” con el que abrieron y la contundente “Inner Heaven”. No faltaron la abrasadora “Burning” ni la hipnótica “Pond”, y lograron desatar la euforia con la frenética “Birdbox”, que increíblemente motivó un pequeño mosh pit bajo el sol de las 15:30. Cerraron con la envolvente “Moth”, dejando claro que su propuesta diferente también tiene cabida y ganándose aplausos sinceros. Aunque su estilo se alejaba del típico power o heavy del festival, supieron representar el potencial de la escena cartagenera y añadir diversidad sonora a la tarde.
Strangers: Con el sol aún alto, llegaba el turno de Strangers, banda madrileña de hard rock melódico que en los últimos años ha renovado sonido y formación. Sus fundadores Miguel Martín (guitarra) y Abel Ramos (batería) han apostado por modernizar su estilo, y la incorporación de la carismática Celia Barloz a la voz ha sido todo un acierto. Desde el primer tema, “Worth a Shot”, Celia demostró un poderoso rango vocal y un dominio escénico arrollador: recorriendo el escenario, animando sin parar y alcanzando notas altísimas con facilidad. El público respondió levantando las manos al ritmo de canciones pegadizas como “Language of Love” o “Still the One”, adelantos de su próximo disco Boundless. La banda sonó compacta y llena de energía, con Miguel luciendo solos vibrantes (incluso arrodillándose en la tarima durante los punteos) y César Blanco apoyando en coros desde el bajo. No faltó “Flames”, una de las más potentes de su EP Whispers (2022), ni su exitoso single “With You”, coreado por los fans mientras Celia nos hacía participar en el estribillo. Para el final reservaron “Into the Night” –futuro tema de Boundless– y cerraron con “Enemy”, otro corte nuevo de melodías trabajadas donde la vocalista dio un último agudo estremecedor. Strangers dejó muy buen sabor de boca, consolidándose como una propuesta nacional a seguir, capaz de contagiar su pasión pese al calor sofocante.
FM: A media tarde, bajo un sol de justicia, subieron al escenario unos veteranos ilustres: FM, leyendas británicas del rock melódico/AOR. Con más de 40 años de carrera a sus espaldas,
la banda de Steve Overland ofreció una verdadera lección de clase y buen gusto musical. Arrancaron con la enérgica “Digging Up the Dirt”, demostrando inmediatamente que el paso del tiempo no les ha restado calidad: Overland, a sus 64 años, mantiene una voz prodigiosa que suena tan potente y emotiva como en los 80. Continuaron con la clásica “I Belong to the Night” de su mítico debut Indiscreet (1986), cuya melodía AOR hizo las delicias de los nostálgicos, seguida de la más reciente “Killed By Love”, con un estribillo maravilloso coreado por los presentes.
Aunque el público a esas horas no era masivo, los fieles del género disfrutaron cada momento, especialmente con joyas como “Someday (You’ll Come Running)” y “Let Love Be The Leader”, que nos transportaron a la época dorada del hard rock melódico. Jem Davis (teclados) y Jim Kirkpatrick (guitarra) brillaron aportando capas de armonía y solos exquisitos, respaldados por la base rítmica sólida de Merv Goldsworthy (bajo) y Pete Jupp (batería). Hacia el final del set, FM desató la euforia con sus himnos imperecederos: “That Girl” y “Bad Luck” levantaron aplausos y coros, a lo que Overland respondió con una sonrisa de sincera gratitud. Para rematar, no podían faltar “Tough It Out”, recibida con entusiasmo, y “Turn This Car Around” como despedida triunfal. Fue un concierto sublime, una auténtica delicatessen para los más cafeteros del AOR, que dejó el género en muy buen lugar pese a lo temprano de su actuación.
Michael Monroe: El ambiente dio un giro hacia el glam punk más desenfrenado con la llegada de Michael Monroe y su banda. El icónico vocalista finlandés, alma de Hanoi Rocks en los 80, demostró por qué a sus 63 años sigue siendo un animal escénico de primer nivel.
Ataviado con un llamativo atuendo setentero y armado con su inseparable micrófono de cable largo, Monroe salió disparado con “Dead, Jail or Rock ’n’ Roll”, tema que desató la locura desde el primer segundo. En cuestión de instantes ya estaba bajando al foso para cantar apoyado en la valla, obligando a cámaras y técnicos a correr tras él para desenredar el cable del micro, mientras las primeras filas enloquecían. Sin dar respiro, enlazó con “I Live Too Fast to Die Young”, puro sleazy rock energético, y “Last Train to Tokyo”. La primera referencia a Hanoi Rocks llegó con “Motorvatin’”, celebrada y coreada por los fans ochenteros; durante este tema Monroe, fiel a su estilo, se abanicó con un pañuelo y hasta se echó cubitos de hielo por la camisa para aliviar el calor.
Sonaron también trallazos de su carrera en solitario como “Man With No Eyes” o “’78”, combinando riffs potentes con la voz aguda y salvaje de Monroe. Uno de los momentos culminantes fue cuando, durante “’78”, el cantante escaló ágilmente por la estructura lateral del escenario y cantó desde lo alto de una torre de sonido, dejándonos a todos atónitos (¡menuda energía la de este hombre!). Para la recta final guardó más sorpresas: tras la emotiva “Don’t You Ever Leave Me” (balada de Hanoi Rocks) que interpretó mezclándose con el público, nos regaló un solo de saxofón en “Malibu Beach Nightmare” (otro clásico de Hanoi) y culminó la fiesta con la festiva versión “Up Around the Bend” de Creedence Clearwater Revival. Michael Monroe ofreció un concierto arrollador de puro rock’n’roll, repartiendo agua, haciendo cantar y bailar a todos, y dejándonos boquiabiertos con sus acrobacias. Sin duda, se coronó como uno de los triunfadores del festival y dio una lección magistral de cómo se domina un escenario, resultando para muchos la actuación más memorable de la jornada.
Leprous: Tras la desenfrenada fiesta de Monroe, el escenario principal dio paso a la sofisticación del metal progresivo de Leprous. Los noruegos repetían en Rock Imperium tras su exitoso show de 2022, y esta vez venían
presentando nuevo álbum (Melodies of Atonement, 2023) dispuestos a envolvernos en su particular universo sonoro. Aunque todavía quedaba luz diurna a las 19:00, la banda supo crear desde el inicio una atmósfera íntima y casi mística: abrieron con “Silently Walking Alone”, tema cargado de melancolía, con el carismático Einar Solberg alternando entre su teclado y el micrófono. La voz de Solberg, poderosa y llena de matices, erizó la piel de más de uno en pasajes como “The Price”, donde sus agudos emocionantes convivían con la precisa contundencia del batería Baard Kolstad, cuyo juego de ritmos técnicos dejó al público impresionado. Continuaron con “Illuminate”, de su aclamado Malina, mostrando ese contraste tan característico de Leprous entre secciones suaves y estallidos instrumentales complejos.
Einar se permitió incluso interactuar en español con un simpático “¿Cómo están?” antes de introducir “Alleviate”, una balada intensa de Pitfalls que fue creciendo hasta un clímax vocal sobrecogedor, haciendo vibrar el recinto. La segunda mitad del concierto nos llevó por terrenos aún más experimentales: la sorprendente “Forced Entry” (rescatada de su álbum Bilateral) con sus más de 10 minutos de cambios de ritmo y intensidad, dejó boquiabiertos a los seguidores veteranos. Hubo espacio para la belleza oscura de “Below”, muy aplaudida, y la dinámica “Nighttime Disguise”, durante la cual toda la banda se alineó al frente del escenario cantando a capela junto al público un fragmento rítmico, creando un ambiente casi mágico. Para cerrar, Leprous escogió la envolvente “Atonement” seguida de un final inesperado: un breve fragmento de “The Sky Is Red” (del álbum Pitfalls) a modo de outro apoteósico. En esos últimos compases, los músicos se entregaron al máximo con una especie de danza caótica perfectamente coordinada –Einar girando sobre sí mismo, los guitarristas Robin Ognedal y Tor Oddmund Suhrke intercambiando posiciones, y Baard desatado tras la batería– que dejó al público extasiado. Leprous confirmaron ser una propuesta distinta y valiosa dentro del cartel, aportando una profundidad emocional que enriqueció la jornada.
Blind Guardian. Con la noche ya caída, una ovación masiva dio la bienvenida a Blind Guardian, unos auténticos pesos pesados del power metal que regresaban a Cartagena tras su paso por la edición de 2023. Los alemanes, encabezados por el carismático Hansi Kürsch, salieron a escena con humildad y entrega, comentando entre risas lo rápido que les habían invitado de nuevo. Sin disco nuevo que presentar esta vez (su más reciente The God Machine apareció en 2022), prepararon un repertorio a modo de recorrido por su extensa carrera, para deleite de los miles de “bardos” allí congregados. Iniciaron con la épica “The Ninth Wave”, una pieza larga y dramática que sirvió de introducción atmosférica, con coros operísticos pregrabados y teclados orquestales mientras la banda tomaba posiciones. Quizá no sea el tema más inmediato para abrir, pero pronto recuperaron velocidad con “Blood of the Elves”, uno de los cortes destacados de The God Machine, lleno de doble bombo y guitarras afiladas a cargo de André Olbrich y Marcus Siepen. El público terminó de entrar en calor cuando sonaron los primeros acordes de “Nightfall”: la balada mítica de Nightfall in Middle-Earth puso a todos a cantar a pleno pulmón su estribillo legendario, creando uno de esos momentos mágicos de comunión entre banda y audiencia.
“¡Hola amigos!”, nos saludó Hansi en perfecto castellano, demostrando la cercanía de siempre, antes de presentar “Tanelorn (Into The Void)”, inspirada en la saga de Elric de Melniboné, que trajo de vuelta los ritmos vertiginosos y coros grandilocuentes. Alternando eras, nos regalaron la potente “Time Stands Still (At The Iron Hill)”, otro clásico épico que hizo hervir la sangre de los fans veteranos, seguida de “Violent Shadows” para recordar nuevamente su material más reciente. Una grata sorpresa llegó a mitad del show: contra todo pronóstico desempolvaron “A Past and Future Secret”, aquella delicada canción acústica de Imaginations from the Other Side que rara vez aparece en sus setlists. Con André y Marcus empuñando guitarras acústicas, y Hansi dirigiendo al público para que coreara las melodías, este tema nos puso a todos la piel de gallina. Acto seguido, Blind Guardian pisó el acelerador con la clásica “Majesty”, un himno speed metal de sus inicios que sonó demoledor con el doble bombo de Frederik Ehmke martilleando sin piedad. El momento cumbre de la noche llegó, como era de esperar, con “The Bard’s Song (In the Forest)”: Hansi anunció que era la parte fácil del concierto para él y, efectivamente, dejó cantar casi toda la canción al público, que tomó el protagonismo convirtiendo el recinto en un gigantesco coro de voces unidas. Tras ese paréntesis acústico, retomaron la fuerza con otra joya menos habitual, “And the Story Ends”, para deleite de los más acérrimos de Imaginations…. Finalmente, el broche de oro vino con los bises infaltables: “Valhalla”, que provocó el canto prolongado del estribillo por parte de la audiencia durante varios minutos (Hansi, divertido, nos dejó repitiendo el “Valhalla, deliverance…” mientras sonreía satisfecho), y como colofón la celebradísima “Mirror Mirror”, tras la cual el grupo se despidió definitivamente. Blind Guardian volvió a demostrar que están en un estado de forma envidiable y que su conexión con el público es única; fue un concierto redondo que fue de menos a más.
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The Cult: La noche avanzaba y llegaba uno de los momentos cumbre: el concierto de The Cult, legendaria formación británica de rock gótico y hard rock, encargada de cerrar por todo lo alto la jornada. Desde el primer acorde quedó claro que estábamos ante algo especial: abrieron con “In The Clouds”,
una gema poco habitual que de inmediato inundó el ambiente con los característicos riffs reverberantes de Duffy y el misticismo vocal de Astbury. El sonido fue impecable; cada golpe de la batería de John Tempesta retumbaba con potencia y el bajo de Grant Fitzpatrick añadía pegada rotunda. Sin pausa, encadenaron con “Rise”, joya de su álbum Beyond Good and Evil (2001) que sonó colosal; Astbury, con su pañuelo atado en la cabeza y maracas en mano, se entregaba por completo, y aunque a veces cortaba las frases (fiel a su peculiar estilo interpretativo), su voz se escuchó potente y llena de sentimiento. El público enloqueció al reconocer “Wild Flower”, clásico infaltable del Electric (1987), que desató saltos y coros por todo el recinto. Hubo espacio para distintas etapas de su discografía: desde la oscura y pesada “The Witch”, con ese groove casi stoner que hizo cabecear a la multitud bajo luces púrpura, hasta la delicada “Edie (Ciao Baby)”, balada emotiva en la que Astbury puso el alma.
También sonaron la intensa “War (The Process)” –profunda y contundente– y la moderna “Lucifer” (de 2012), demostrando que la banda no vive solo de la nostalgia. Pero, como era de esperar, los momentos más álgidos llegaron con los himnos de siempre: “Rain” convirtió el parque en una fiesta, con todos cantando “Here comes the rain” bajo el cielo estrellado de Cartagena, mientras Astbury sonreía y agitaba incansable sus maracas. Para cerrar el set principal, no podía faltar la inmortal “She Sells Sanctuary”: en cuanto sonó ese inconfundible riff inicial, una ola de euforia recorrió al público; Astbury aprovechó para animarnos a cantar el estribillo y se marcó algunos pasos de baile, visiblemente emocionado ante la entrega de la gente. Tras una brevísima retirada, The Cult volvió al escenario para los bises con toda la artillería: “Fire Woman” sonó arrolladora, con Duffy desatando uno de sus mejores solos de la noche, y finalmente “Love Removal Machine” puso punto final a la velada con su rock agresivo y pegadizo. Sin duda, The Cult ofreció su mejor show en años, dejando a todos extasiados ante semejante despliegue de rock atemporal y magnetismo escénico.
Rhapsody of Fire. Ya entrada la medianoche, la fantasía épica se apoderó del festival con la aparición de Rhapsody of Fire. La formación italiana de symphonic power metal, liderada por el teclista Alex Staropoli, salió dispuesta a transportarnos a mundos de dragones y héroes legendarios.
Rhapsody of Fire inteligentemente combinó en su repertorio material reciente con los clásicos obligatorios del final. Para empezar tiraron de épica con “Unholy Warcry”, introducida por la voz narrada de Christopher Lee (pregrabada) que puso los pelos de punta antes de que el cantante Giacomo Voli entrara con sus agudos espectaculares. Pronto encadenaron dos cortes de su etapa moderna: “Rain of Fury” y “I’ll Be Your Hero”, este último con un estribillo hímnico que Voli bordó, demostrando ser un digno sucesor de Fabio Lione al frente de la banda. El guitarrista Roby De Micheli brilló tanto en los solos neoclásicos como en los riffs rápidos, calcando incluso las partes originalmente tocadas por Luca Turilli con gran maestría.
Los nuevos temas de su reciente álbum Challenge the Wind también tuvieron presencia, en especial la veloz “Challenge the Wind” (homónima) y “Kreel’s Magic Staff”, llena de arreglos orquestales que nos recordaron por qué Rhapsody fue pionero en este subgénero. Por supuesto, el plato fuerte llegó al final: la recta definitiva del concierto fue un desfile de clásicos que disparó la nostalgia y la adrenalina a partes iguales. Primero, “Dawn of Victory” cayó como un meteorito, con todo el mundo cantando su estribillo triunfal (“Gloria, gloria perpetua…”) y los músicos sonriendo ante la reacción. Le siguió la festiva “A New Saga Begins” (rescatada del infravalorado Triumph or Agony), que mantuvo los puños en alto. Y como colofón absoluto, dos himnos legendarios de sus inicios: la preciosa “Land of Immortals” (del álbum debut) que muchos corearon con emoción, y la imprescindible “Emerald Sword” –durante la cual Giacomo animó a formar un wall of death entre los fans más atrevidos, desatando después un mosh frenético al arrancar la canción–. Con esta última explosión de doble bombo, altos agudos y solos barrocos, Rhapsody of Fire se despidieron a lo grande.
Manticora: Como traca final del festival, pasada la 1:30 de la madrugada, hizo acto de presencia Manticora, banda danesa de power metal con tintes progresivos y oscuros. Aunque a esas horas parte del público ya se había retirado por el cansancio, los más aguerridos se congregaron para una última dosis de caña técnica.
Manticora no lo tuvo fácil: su sonido comenzó atronando a un volumen excesivo, llegando a saturar en algunos momentos y dificultando apreciar los matices de su propuesta. Aun así, el quinteto liderado por el vocalista Lars F. Larsen puso toda la carne en el asador y descargó un repertorio centrado en su reciente disco conceptual Mycelium (2023). Abrieron con la cortante “Winter Solstice”, seguida de la agresiva “Necropolitans”, combinando velocidades de vértigo con complejas estructuras rítmicas. Larsen aportaba dramatismo con su voz rasgada, mientras los guitarristas Kristian Larsen y Stefan Johansson trenzaban riffs intrincados al más puro estilo Symphony X. Temas como “Beast of the Fall” o “Disciples of the Entities”
mantuvieron la intensidad, aunque el sonido seguía algo embarullado. A mitad de set destacaron la homónima “Mycelium” y la elaborada “Slaughter in the Desert Room”, que mostraron el lado más progresivo del grupo con pasajes instrumentales realmente brillantes. Pese a las horas intempestivas, Manticora consiguió atrapar a la audiencia restante con su fuerza: algunos headbangers incansables formaron los últimos pogos de la noche durante “Beyond the Walls of Sleep”, y los músicos, agradecidos, dieron el 100% hasta el final. Como cierre definitivo interpretaron la extensa “A Long Farewell”, que alterna secciones melódicas con explosiones de velocidad, despidiéndose entre aplausos de los auténticos supervivientes del festival. A pesar de las dificultades de horario y sonido, fue un final contundente y técnico que puso el broche metalero a tres días inolvidables.
Al terminar esta intensa tercera jornada, cuesta creer todo lo vivido desde el mediodía hasta altas horas de la madrugada. Personalmente, me llevé un cúmulo de sensaciones difíciles de olvidar: desde la ilusión de ver a las bandas locales triunfar en casa, hasta la piel de gallina con los himnos de Blind Guardian, pasando por la locura desatada con Michael Monroe o la magia experimental de Leprous. El público de Rock Imperium, a pesar del calor sofocante, respondió con entusiasmo en cada momento –no importaba si eran las tres de la tarde con 40 grados y un puñado de valientes montando moshpit, o la medianoche con miles de voces cantando al unísono “Mirror Mirror”–. Confieso que a mitad de tarde necesité un respiro: tras una merecida hamburguesa con patatas dentro del recinto para reponer fuerzas al mediodía, mi padre y yo aprovechamos un momento de calma para salir a un bar cercano a tomar un plato combinado y refrescarnos; él dos (sí, dos) asiáticos, que le encantan, y ese pequeño break nos dio la vida para encarar con energías renovadas la recta final de conciertos. De vuelta en el festival, con el estómago lleno y el ánimo recargado, nos unimos nuevamente a la masa de fans que disfrutaban como una gran familia metalera. Mirando en retrospectiva, el Rock Imperium 2025 nos dejó momentos imborrables y la certeza de haber formado parte de algo especial. Mientras abandonábamos el Parque El Batel ya de madrugada, agotados pero felices, comentábamos entre sonrisas nuestros instantes favoritos del día (¡imposible ponernos de acuerdo en uno solo!). Sin duda, fue un cierre de festival épico en todos los sentidos, de esos que alimentan la pasión por la música en directo. Ahora solo queda atesorar los recuerdos y esperar con impaciencia la próxima edición para volver a vivir esta maravillosa locura. Mañana el último asalto!!!

