«Nadie dijo que fuera fácil, pero por eso merece la pena»

Inauguramos nueva sección: «El rincón de Ana», un rincón íntimo donde Valkiriana compartirá con nosotros vivencias, reflexiones, sentimientos…

Se me ofrece la oportunidad, desde Dioses del Metal, de expresarme un poco más íntimamente y quiero empezar hablando de uno de los grandes amores de mi vida: la música. El otro (la literatura) se queda para otro día.  

Nací con la aprobación de la Constitución Española, y en el 30 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: un 10 de diciembre de 1978. La maldita dictadura acababa de levantar su yugo sobre una maltrecha población española, y entrábamos en la ebullición de las libertades. Me crié en una familia con tradición luchadora y contestataria, de las de clandestinidad, de las de correr delante de los grises; que me enseñó el valor de la rebeldía y me inculcó un fuerte sentido crítico, al tiempo que valores humanos, amor por la cultura y espíritu de trabajo. 

De todo ese cóctel molotov, salí yo. Habrá quien espere que de aquel caldo de cultivo surgiera una criatura conformista de las de misa de domingos y collar de perlas: Los milagros, a Lourdes. Como decía, éste es el resultado. Mis padres eran muy jóvenes, y en mi casa la música era la banda sonora de nuestras vidas. Corrían los benditos tiempos en que la televisión emitía música en directo. Progamas como Tocata siempre estaban puestos desde que tengo uso de razón. En la Televisión Pública nacional programaban a Barón Rojo, Sangre Azul, Obús, Leño, Ángeles del Infierno o Burning. 

Durante esa bendita edad en que, para bien o para mal, la mente es una auténtica esponja, mi inconsciente quedó impreso por la que yo llamo la verdadera movida: el Heavy Metal español de los 80´s cuyo hervidero era Madrid; también por el Rock callejero vasco. Se escuchaba en casa, a nivel internacional, mucho rock de los 70´s, del anterior a Led Zeppelin; no sólo eso, sino además cantautores y mucha música clásica. Este es el germen de mi heterogeneidad y oído musical, forjados en horas y horas interminables de música, disfrutándola, desgranándola y dejando que calara hasta la médula, volando en sus alas a mundos de fantasía. 

Paso a mostraros a continuación algo muy íntimo para mí, algunos de los vinilos que recuerdo con más cariño y que considero la semilla de mis gustos musicales actuales. Hay mucho más, pero éstos (sin pretender hacer un inventario) son los que más me gustaban; todavía tenemos los vinilos:

Cantautores:  

Javier Krahe-Valle de Lágrimas

Joan Manuel Serrat-Canta a los Poetas

Joan Baez-Gracias a la Vida

Varios-Abril en Managua

Luis Eduardo Aute-Cuerpo a Cuerpo

Música clásica:

Manuel de Falla-El Amor Brujo/El Sombrero de Tres Picos

Joaquín Rodrigo-Concierto de Aranjuez/Concierto Madrigal

Dvorak-Sinfonía nº 9 «Del Nuevo Mundo»

Beethoven-Sinfonía nº 9

(Richard Clayderman estaba por ahí pero, para mí, no es música clásica y además le cogí manía; por suerte para mi precaria salud mental, no llegamos a tener ninguno de Luis Cobos). 

Música de baile:

Boney M-Oceans of Fantasy

Varios (Jackson Five, The Temptations, Commodores, The Supremes, Four Tops, Thelma Houston, Smokey & The Miracles, Diana Ross, Martha & The Vandellas, Stevie Wonder, Marvin Gaye)- Magia Negra, El Mejor Sonido de Discoteca. 

Solistas y Rock & Roll

José Feliciano-Just Wanna Rock `N Roll

El Auténtico Louis Armstrong y su Orquesta (grabación origina 1924-1927)

Santana-Inner Secrets

Mis favoritos absolutos, las niñas de mis ojos:

Bloque-Bloque: A día de hoy, me sigue pareciendo uno de los mejores trabajos de la historia del Rock Español. Tuve la inmensa suerte de verlos hace unos años en un Leyendas del Rock. 

 

 

Triana-Un Encuentro: ¡Cuántas horas me pasé mirando esa portada! Y la de sensaciones que me evocaba su música. Ahí empezó mi idilio con la Sombra. Jesús de la Rosa es uno de los mayores genios que ha parido este país. 

 

 

The Knack-Get The Knack: Con el mítico My Sharona, pocos discos han sobrevivido con esa salud al paso del tiempo. ¡Y cómo sonaba en aquéllos años!

 

 

 

Pasamos a la época en que atesoraba peseta a peseta para comprarme un cassette, o cd; en que trasnochaba hasta altas horas de la madrugada para escuchar al Pirata en la radio. Porque no había Internet para acceder fácilmente a la música. Si entramos en la primera adolescencia, la evolución está muy clara y los grupos no son nada originales, ni de culto: hasta los catorce años fueron Queen en su primera época, y Héroes del Silencio. Escuché hasta la saciedad las canciones del Queen más primigenio (las que más me gustaban), así como el Wembley 86, que me ponía los pelos como escarpias; por aquel entonces hubiera dado media vida por estar allí. Profesaba y profeso, en general, una devoción casi religiosa por Freddie Mercury. Como resultado de la escucha de Triana y del flamenco más puro, también me gustaba Medina Azahara (me hace mucha gracia cuando me dicen que conozco sus canciones: muchas las sé por Los Módulos o Triana).

El salto al vacío sin retorno aconteció a la edad de catorce años, con Barricada y  Metallica. Uno de los primeros cassettes que me compré fue el «No Hay Tregua» de Barricada. (Como curiosidad, por aquél entonces lo bebía todo, militando en los sonidos más duros. Luego más adelante con grupos como Mago de Oz, Extremoduro o incluso Nirvana, pasé a un estadio de no soportar el Thrash ni los primeros discos de Metallica. Ahora he vuelto al principio y me entusiasmo con esos sonidos que antes no soportaba, cada vez más bestias. Digamos que involuciono). Como consecuencia de la crianza en la música clásica, mi adolescencia más avanzada estuvo marcada por el Metal Épico, Metal Sinfónico, Rock progresivo, Power Metal progresivo y en general, todo lo que mezclara Heavy Metal con música clásica, y que retorciera y elaborara la instrumentación: Stratovarius, Rhapsody, Simphony X, Blind Guardian o mis amados The Gathering y Nightwish. (Como anécdota curiosa, por aquél entonces mi santa madre decía, muy preocupada, que si seguía escuchando esa música, iba a desarrollar demasado «la cabeza» y así ningún hombre me iba a querer). Menciono sólo de pasada mis escarceos con el punk y el rock urbano, que los hubo y los hay. Finalmente, y ya durante la Universidad, los culpables musicalmente de que no me derrumbara, de que luchara y persistiera, los que me insuflaban energía y espíritu positivo fueron: el Heavy Metal clásico, el Power Metal, El Pirata, Mariano Muniesa y Trovador Urbano.  

Para no extenderme mucho, cierro con otro género que no ha conocido de fases, que siempre ha estado ahí, y del cual no sé ubicar «freudianamente» su origen, como los anteriores: el Death Metal, Rock Gótico y la música más oscura, para la que fueron puente bandas más comerciales como Him y Paradise Lost. El puente sigue ahí, intacto, pero el paisaje al que me condujo es un oscuro bosque donde se ven aceptadas, y sublimadas, las sombras más negras de mi interior. Quizá por eso me guste, quizá por eso sea el género musical que no he heredado de nadie, quizá sea la música a la que destino mi amor más puro: por ser la que apela a mi yo más profundo y auténtico 

Particularmente, me gustan los antedichos estilos con voz femenina. Tal vez mi misteriosa debilidad, en general, por las vocalistas femeninas, -aparte del obvio significado estético (siempre quedan preciosas)-, tenga que ver con una forma de ver materializada mi propia voz interior, una suerte de desahogo; al tiempo que una vivencia del contraste entre la dureza de los sonidos, y la delicadeza de la voz (entre fuerza y sensibilidad, oscuridad y luz, energía y belleza). Entiendo que las polaridades son la esencia de la vida, del Todo; y que anclarse en el enfrentamiento perpetrándose en un extremo, como arma arrojadiza hacia el otro, es cerrazón, es ignorar la propia existencia. Porque una no se concibe sin la opuesta.  

Volvamos a Metallica para cerrar el repaso con mi mayor hito de la adolescencia: el álbum «Metallica», popularmente conocido como The Black Album. La primera vez que sonó en mi cuarto el «Master of Puppets» pensé: «esto es MÚSICA». Bien, lo que pasó con el «disco negro» no lo puedo explicar. Ese disco tenía algo mágico para mí, algo que nunca podré expresar con palabras. Al margen de polémicas, y de opiniones, el inquietante clima generado por ese álbum me cautivó, y me hacía caer en un extraño trance. Es un trabajo que me ha marcado como pocos; sólo se le asemeja, y de lejos, la poesía del «Agila» de Extremoduro.  

Como se puede ver, me gusta de todo. Pero me he dejado para el final una reflexión, acerca de lo difícil del panorama musical actual. Hasta donde me alcanza la memoria, había que ahorrar (con nuestros precarios ingresos de estudiantes, muchas veces durante meses), para conseguir discos o cassettes. Teníamos que darle vueltas y vueltas a la rueda de la radio, y esperarnos a las dos de la madrugada, para encontrar al Pirata y Radio 3 que nos pusieran algo de música porque no había internet. Teníamos que comprar las revistas en el quiosco para conocer las noticias. Nos miraban mal en el instituto, simplemente por nuestro aspecto físico y vestimenta. Con mucha suerte, éramos los raros. Nuestros padres hablaban de extraños trastornos mentales, o fases que se nos pasarían con los años. Los vecinos nos pedían que bajáramos la música. Como esto no es el diván del psicoanalista, me ahorro mi paso por la Facultad de Derecho, y la forma en que me miraban algunos de mis «compañeros». Como además, nunca vestí con el típico uniforme heavy, porque no me gustaban las etiquetas, llegaron a mirarme mal hasta en los propios bares heavys.  

Aun así, yo no conocí la etapa más destroyer, o por lo menos la veía desde la inocnte mirada de la infancia. Por ejemplo recuerdo, y estuve, en las manifestaciones anti-Otan en Cartagena, ciudad donde nací y me crié, y por entonces sede de las bases de la Otan; no así en el concierto anti-Otan en Madrid (la otra media vida que me quedara del concierto Wembley 86, la hubiera invertido en estar ahí). Pero yo no viví las carreras delante de los grises; yo no viví las palizas de la policía sacándote a rastras de un bar, ni los moratones en la espalda; yo no viví el dar con tus huesos en un calabozo, simplemente por llevar el pelo largo; yo no viví el que un viandante se cambiara de acera para no cruzarse contigo; el tener que ahorrar, cuando ni había para malvivir, por asistir a un concierto o por comprar un vinilo; el tener que subirse a un coche tres personas y dar vueltas, para estar con tus amigos, porque más de tres era reunión. (Estoy mezclando varias cosas, lo sé, de finales de la dictadura y de los años 80 en sí. No es mi intención crear un tratado de Historia). En general, yo no viví el que la sociedad entera te mirara como un apestado, o como un deshecho social. Porque eso también eran los 80´s: ¡ojo con las idealizaciones! Muchos de los que los añoran, no habrían sobrevivido ni un día de sus vidas allí. 

Cuando decimos que las cosas están difíciles, no recordamos que nunca fueron fáciles. Incluso nosotros, los heavys, crucificamos a un grupo cuando realmente medra, tachándolo de comercial, en una especie de «elitismo» ilustrado (como si lo bueno, para serlo, tuviera que ser underground). Aparte de esto, a día de hoy, el Heavy no es un movimiento minoritario. Nadie te mira mal por decir que te gusta, o por verte un sábado en un concierto en vaqueros y camiseta. Se cierran salas de «postureo» y se abren bares y locales de conciertos. Nadie considera que seas un marginado. Se ve en los conciertos y bares personas con vestimenta habitual, no estrictamente heavy (todo tipo de público), sin que nadie se extrañe porque no llevan camiseta negra. La policía no te persigue por la música que escuchas o la ropa que vistes. La música es perfectamente accesible de forma prácticamente ilimitada. Y los conciertos han bajado drásticamente sus precios. Sí, ya sé que todo esto no es cien por cien así ni siempre de color de rosa, pero hablamos de generalidades, y de evolución histórica. Quizá por eso, por la facilidad de acceso a la música, las salas de los conciertos se vacían: realmente el único esfuerzo que tenemos que hacer, en comparación con nuestros padres, es acudir a los conciertos. Y nuestra vida acomodada, el tener todo al alcance de la mano, nos ha despojado de toda capacidad de esfuerzo. Sí, no es fácil. Y nunca lo fue. Por eso hay que mantener la ilusión siempre. Es la única inversión que realmente merece la pena.

En todo este devenir de acontecimientos, en esta aventura que es el crecer, pasas por muchas fases, cometes locuras y haces tonterías. Hasta que al final alcanzas esa cosa que se llama madurez, donde ya sabes lo que quieres, te has encontrado a ti misma, y hallas algo lejanamente parecido al equilibrio. Más o menos en ese punto fue donde conocí a la persona que me metió en esta página, Nuria Muñoz. Durante un año hemos sido las Metal Queens de Murcia, habituales semana a semana de las salas de los conciertos (a veces, incluso estando solas). Ella me ha enseñado muchísimas cosas en la música, y me ha aportado otras tantas como persona y como amiga. Nadie dijo que fuera fácil, compañera,pero la escena murciana necesita a su Diosa del Metal. Y sí: merece la pena.

Dedicado a Nuri Muñoz. 

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