«El metal moderno mola pero como pegan los clásicos»
Crónica de PolMetalhead
Fotos de Floopy
El tercer día en Clisson siempre es una prueba. Ya no solo por el cansancio acumulado, sino porque el cuerpo empieza a pedir tregua mientras la música sigue rugiendo sin compasión. Y si el jueves fue calor y descubrimiento, y el viernes fue fuego e intensidad, el sábado fue resistencia pura.
Los pies dolían, el cuello crujía y el sol seguía sin tener piedad. Pero el cartel era demasiado potente como para quedarse en la sombra. Desde el metal clásico más purista hasta el sinfónico más teatral, pasando por nombres históricos y propuestas sólidas, la jornada del sábado fue un homenaje a los pilares que han sostenido el género durante décadas.
Los ánimos fluctuaban entre la emoción, el agotamiento y la reverencia. Porque este día, más que nunca, se notaba el peso de la historia sobre los escenarios. Y Clisson, fiel a su espíritu, volvió a rugir… aunque ya nos costara un poco más levantar el puño.
Majestica:
Eran las 11:40 de la mañana cuando Majestica saltaron al Mainstage, y para la hora que era, el público respondía con ganas. Bastante más activo de lo esperado, y eso que ya llevábamos dos días de infierno encima. Pero el sábado empezaba con fuerza, y los suecos no decepcionaron.
Arrancaron con “Power Train”, uno de los cortes más potentes de su último trabajo, de mismo nombre, y vaya si fue una elección acertada. El tema sonó afilado, nítido y arrollador, dejando claro que lo suyo es el power metal en su versión más melódica y energética, pero con una producción cuidada que gana en directo.
Tras una breve intro instrumental, siguieron con “Night Call Girl”, una mezcla perfecta entre épica clásica y un aire más moderno. Luego llegó “Rising Tide”, otro temazo que confirma el gran estado de forma del grupo y la solidez compositiva de su nuevo disco.
Aunque el set tuvo algunos segmentos pregrabados, no rompieron el ritmo en ningún momento. Todo estaba bien ensamblado, y la banda mantuvo una presencia elegante y profesional, sin excesos ni poses forzadas. Destacó especialmente lo bien que sonaban las guitarras, con una nitidez brutal para la hora y el escenario.
En el tramo final llegaron los clásicos más esperados: “No Pain, No Gain”, “Above the Sky” y el gran cierre con “Metal United”, con el público ya más entregado, cantando, levantando los puños y disfrutando de un show sólido y perfectamente ejecutado.
Majestica ofrecieron un concierto limpio, melódico y poderoso. Su último disco confirma que están en un momento brillante, y “Power Train” en directo fue prueba de ello. Una manera perfecta de empezar el sábado con fuerza y clase.
Audrey Horne:
Llegaba sin grandes expectativas y salí completamente convencido: Audrey Horne fueron una de las sorpresas más gratas del sábado. A eso de las 12:20 del mediodía, con el sol cayendo a plomo pero con un público ya más animado que con Majestica, los noruegos subieron al escenario del Mainstage y se lo comieron con actitud.
Desde el arranque con “This Is War”, lo suyo fue puro hard rock con sabor clásico y pegada actual. Guitarras directas, estribillos efectivos y una puesta en escena que respiraba naturalidad y entrega. Sin grandes artificios, pero con una intensidad que se agradecía en una franja horaria tan exigente.
El setlist mantuvo el pulso alto con “Animal”, “Night Call Girl”, “Youngblood”, “Pretty Little Sunshine”, “Waiting for the Night” y “Redemption Blues”. Cada canción fue ganando adeptos entre un público que, como yo, quizá no los conocía en profundidad, pero acabó absolutamente entregado. Su forma de dominar el escenario fue clave: cercanos, seguros y con ese tipo de energía que solo tienen las bandas que disfrutan de verdad lo que hacen.
La química entre los miembros de la banda se notaba, y el vocalista no paró ni un segundo, moviéndose por todo el escenario, animando y manteniendo el ambiente en lo más alto.
Audrey Horne no reinventaron nada, pero demostraron que cuando se hace con actitud, el rock sigue funcionando como un cañón. Un concierto honesto, potente y sorprendente. De esos que te pillan por sorpresa… y te dejan con una sonrisa.
Ross the Boss:
Pese al calor abrasador y el peso del tercer día encima, a las 13:00 el Mainstage se llenó de cuernos al aire y camisetas sin mangas. Tocaba uno de los momentos más esperados para los fans del true metal: el regreso de Ross the Boss, el guitarrista original de Manowar, con un repertorio que era pura dinamita para nostálgicos.
Ya los había visto otras veces y sabía que no fallan, pero esta vez superaron expectativas. Con un sonido nítido, una actitud firme y un público entregado desde el primer riff, lo que ofrecieron fue un concierto clásico, intenso y lleno de himnos.
Arrancaron con “Blood of the Kings”, marcando el tono desde el primer minuto. Himno tras himno fueron cayendo sin descanso: “Sign of the Hammer”, “Kill With Power” y “Fighting the World” desataron los primeros pogos del día entre los veteranos del metal. La voz del cantante —impresionante de principio a fin— estuvo a la altura del repertorio, algo que no siempre se puede decir cuando se interpretan estas canciones legendarias.
El público estaba totalmente entregado. Los puños en alto, los coros multitudinarios en cada estribillo y una conexión real entre banda y asistentes. Lo que se vivía allí no era solo un concierto: era un homenaje a la historia del metal.
El cierre fue apoteósico: “Black Wind, Fire and Steel”, “Kings of Metal”, “Battle Hymn” y, por supuesto, “Hail and Kill”, que convirtió el Mainstage en una auténtica catedral del acero.
Ross the Boss no necesita más que sus clásicos, una buena banda y actitud. Y eso fue exactamente lo que entregó en Clisson: metal eterno, directo al corazón. Una de las grandes actuaciones del día, sin duda.
The Southern River Band:
Nada más terminar Ross the Boss, y con el público aún vibrando, llegó el momento de una de las sorpresas más brutales del día: The Southern River Band. Con el sol en lo más alto, un calor de locos y la explanada del Mainstage llena hasta los bordes, los australianos salieron a matar sin contemplaciones.
Desde que arrancaron con “The Streets Don’t Lie”, aquello fue una fiesta sin freno. El sonido era crudo pero claro, y lo que más impactaba era la actitud absolutamente arrolladora del frontman, moviéndose como un predicador rockero poseído entre riffs y solos imparables.
Siguieron con temazos como “Don’t Take It To Heart”, “Watch Yourself (You’re Gonna Hurt Somebody)” y “Stan Qualen”, que dejaron claro que lo suyo es rock’n’roll a la vieja usanza, con alma de carretera y cuerpo de directo. Sin adornos, sin tregua. Solo electricidad pura.
El calor era insoportable, pero el ambiente era de los mejores del día. El público sudaba, gritaba, reía… y nadie se movía de su sitio. Cada tema era un bombazo: “Fuck You, Pay Me”, “Busted Up” y el cierre con “Chimney” fueron el broche perfecto a una actuación que fue creciendo en intensidad hasta el último segundo.
The Southern River Band ofrecieron uno de los mejores conciertos del sábado. Sonaron salvajes, compactos, explosivos. Y lo más importante: hicieron del rock algo divertido, poderoso y auténtico. Nivel altísimo. Imposible no salir de allí con una sonrisa.
D-A-D:
Tras el huracán rockero de The Southern River Band, llegaba el turno de los veteranos D-A-D. El sol era una auténtica tortura, sin una nube a la vista ni sombra que resistiera, pero aun así el público se mantenía firme frente al Mainstage. Y aunque no fue el show más explosivo del día, sí fue uno de esos conciertos sólidos, bien construidos y con final apoteósico.
Arrancaron con “Jihad” y “1st, 2nd & 3rd”, dejando claro que lo suyo era ir de menos a más. Sin prisas, pero con paso firme. El sonido era bueno, las guitarras brillaban, y la banda —sin necesidad de alardes— fue ganándose al público con carisma y experiencia.
El setlist completo incluyó temas como “Girl Nation”, “Speed of Darkness”, “Grow or Pay”, “Riding With Sue”, “Everything Glows” y “Bad Craziness”, todos interpretados con precisión y actitud. No hubo grandes sorpresas ni momentos escénicos espectaculares, pero la banda conectó desde la honestidad de quien sabe lo que hace y lo hace bien.
Y entonces llegó el cierre: “Sleeping My Day Away”. La locura. El público se vino arriba como si el sol no existiera, cantando cada verso a pleno pulmón. Un clásico absoluto que encendió a Clisson por completo y dejó claro que una buena canción puede cambiar el tono de todo un concierto.
D-A-D no vinieron a reinventarse. Vinieron a ofrecer lo que mejor saben hacer: rock directo y con momentos que valen oro. Y con ese final, lo consiguieron.
Visions of Atlantis:
Después del show sólido de D-A-D, llegaba el turno de los austríacos Visions of Atlantis, que transformaron el Mainstage en un auténtico navío de fantasía. El calor era inhumano, y el asfalto parecía derretirse bajo los pies, pero eso no detuvo ni a la banda ni a su público, que respondió con entusiasmo desde el primer acorde. Entraron para sustituir a Peyton Parrish que tuvo que cancelar toda su gira de festivales.
El escenario decorado con estética pirata aportó un toque teatral muy bien recibido, y lo mejor fue ver cómo combinaban la propuesta visual con una ejecución musical cuidada. “Master the Hurricane” abrió el concierto con fuerza y épica, y la mezcla vocal entre Clémentine Delauney y Michele Guaitoli fue uno de los grandes aciertos del show: equilibrada, emotiva y muy potente.
Clémentine, que además es francesa, tuvo una conexión muy especial con el público local, algo que se notaba en cada intervención y en la forma en que el público la recibía. Se notaba que jugaba en casa, y eso se tradujo en una entrega aún mayor.
Siguieron con temas como “Clocks”, “Legion of the Seas” y “Tonight I’m Alive”, manteniendo una dinámica ágil y una puesta en escena bien medida.
A mitad del show, el calor me obligó a salir corriendo a buscar un manguerazo. Diez minutos fuera, rápido reseteo, y de vuelta al abordaje. Por suerte, pude volver para disfrutar del tramo final, que fue igual de espectacular.
En la recta final, cayeron “Hellfire”, “Pirates Will Return”, “Melancholy Angel” y el cierre con “Armada”, todos interpretados con precisión, teatralidad y emoción.
Visions of Atlantis ofrecieron un concierto correcto pero efectivo, ideal para los fans del metal sinfónico con tintes cinematográficos. Y pese a las condiciones extremas, lograron mantenernos a flote con elegancia y profesionalidad.
Myles Kennedy:
Tras el despliegue sinfónico de Visions of Atlantis, era el turno de Myles Kennedy, una figura ya consolidada del rock contemporáneo, tanto en solitario como por su papel en Alter Bridge o al lado de Slash. Con el calor aún azotando sin piedad, se plantó en el Mainstage con su guitarra y su voz… y no necesitó nada más.
Desde el arranque con “The Art of Letting Go”, quedó claro que lo suyo no era espectáculo grandilocuente: era precisión, elegancia y sensibilidad. El sonido fue impecable y su voz —fiel a su reputación— atravesaba el aire denso con una claridad brutal. Cada matiz, cada inflexión, cada agudo… todo estaba perfectamente medido.
Siguió con temas como “Nothing More to Gain”, “Devil on the Wall”, “Mr. Downside” y “Behind the Veil”, logrando una conexión muy especial con el público, a pesar del calor y la franja horaria. Era uno de esos conciertos donde no hace falta levantar el puño: bastaba con escuchar.
Hubo un momento en el que esperé que cayera alguna versión de Alter Bridge, como había hecho en otras fechas recientes, pero esta vez no ocurrió. Aun así, el repertorio en solitario funcionó muy bien.
El tramo final con “Get Along”, “In Stride” y “Say What You Will” mantuvo la calidad altísima. No fue un concierto explosivo, pero sí uno de esos que se quedan por lo bien hechos, por la voz impecable y por el respeto absoluto a la música.
Myles Kennedy no necesita fuegos ni compañía. Solo su guitarra, su voz y un puñado de buenas canciones. Y eso fue justo lo que ofreció: un oasis de clase en mitad del calor más salvaje.
Beyond the Black:
Después del concierto elegante y pausado de Myles Kennedy, llegaba el turno de Beyond the Black. Eran ya las horas más salvajes del sábado, y el calor se convirtió en enemigo directo. A esas alturas, el sol caía como plomo y el aire era irrespirable. Aun así, allí estábamos. Y ellos también.
Llegué con el show ya empezado por apenas cinco minutos, pero desde que me planté frente al escenario, quedó claro que lo que estaba haciendo Jennifer Haben y su banda era puro esfuerzo y profesionalidad. A pesar de las condiciones, salieron con todo y lograron levantar un concierto muy complicado de disfrutar por lo físico, pero muy digno desde lo musical.
El repertorio fue sólido: arrancaron con “In the Shadows”, siguieron con “Hallelujah”, “Songs of Love and Death” y “Reincarnation”, temón impresionante, mostrando desde el inicio una fuerza vocal tremenda y un sonido que, a pesar del calor, se mantenía nítido y equilibrado.
El bloque central fue creciendo con “Rising High” , “Heart of the Hurricane”, “When Angels Fall” y “Shine and Shade”. Pero si hubo un momento verdaderamente alto en medio de todo ese sudor, fue “Dancing in the Dark”, que desató una reacción potente en el público y por un instante nos hizo olvidar el sol.
El cierre con “Lost in Forever” puso punto final a un concierto complicado por el contexto, pero que salió adelante gracias a la entrega total de la banda. También destacó especialmente “Is There Anybody Out There?”, que sonó con un nivel de emoción muy por encima de lo que el cuerpo pedía en ese momento.
Beyond the Black lo tuvieron todo en contra, pero no se rindieron. Y aunque a nivel físico fue casi una tortura, musicalmente cumplieron con creces.
Black Country Communion:
Tras el sofoco vivido con Beyond the Black, el tiempo por fin nos daba un poco de tregua. La temperatura empezaba a ser algo más llevadera y el ambiente frente al Mainstage era ideal para lo que venía: Black Country Communion. Y lo que entregaron fue, simplemente, increíble.
Desde el primer tema, “Sway”, quedó claro que estábamos ante una de las actuaciones más finas del día. Sonido impecable, ejecución de diez, y una banda que suena como una máquina perfectamente engrasada. Pero por encima de todo, Glenn Hughes. Su voz, su actitud, su presencia… posiblemente mi cantante favorito de todos los tiempos, y lo volvió a demostrar una vez más.
Siguieron con temazos como “One Last Soul”, “Wanderlust”, “The Outsider” y “Red Sun”, cada uno ejecutado con una mezcla perfecta de rock clásico, feeling y elegancia. Joe Bonamassa se lucía sin necesidad de exhibirse, y el hijo de John Bonham en la batería, Jason Bonham, rindió un pequeño homenaje a su padre que fue recibido con respeto y emoción.
En el tramo final llegaron “Save Me”, “The Crow”, “Stay Free” y el broche final con “Black Country”, sin duda su mejor tema, que sonó con una fuerza arrolladora y dejó al público absolutamente rendido. Fue el cierre perfecto para un concierto que respiró clase y respeto por la historia del rock en cada acorde.
La única espina, al menos para mí, fue que no tocaran nada de Deep Purple. Hubiera sido un guiño perfecto y emocionante. Pero aún así, lo que entregaron fue tan redondo, tan bien tocado y tan lleno de alma, que cualquier reproche se disolvía en la ovación final.
Black Country Communion dieron una auténtica lección de rock. Sin adornos. Sin efectos. Solo música. Y de la buena.
Savatage:
Si el sábado ya venía fuerte, lo que ocurrió con Savatage fue directamente histórico. Después de años sin pisar escenarios, su vuelta a Clisson fue mucho más que un concierto: fue un acto de reverencia, una celebración del metal y un homenaje a toda una era. Lo que vimos fue, sin duda, uno de los mejores shows que he presenciado jamás.
El ambiente había cambiado. El calor por fin empezaba a retirarse y la emoción se palpaba en el aire. El público era mayoritariamente veterano, muchos con lágrimas en los ojos desde el primer acorde. Y no era para menos.
Abrieron con “The Ocean”, que incluyó un guiño a “City Beneath the Surface”, y desde ahí no bajaron el ritmo. El setlist fue impecable: “Welcome”, “Jesus Saves”, “Strange Wings”…
Y entonces llegó la columna vertebral emocional y musical del concierto.
“Handful of Rain” fue el primer golpe directo al alma. Esa forma de construir la atmósfera, de cargar el tema con nostalgia y dolor, fue simplemente apabullante. La banda supo exactamente cuándo contenerse y cuándo romper, y en ese momento se notó el peso emocional de los años.
Con “Chance”, el público se vino abajo. La armonía vocal polifónica, tan complicada como bella, sonó perfecta. Fue uno de esos momentos donde el tiempo se detiene, donde ves a una banda darlo todo en una ejecución tan técnica como conmovedora. Fue épico en el mejor sentido.
Le siguió “Gutter Ballet”, uno de los himnos absolutos de su carrera. Aquí la teatralidad, el dramatismo y la melodía se unieron en una interpretación magistral. Las luces acompañaban cada nota como si el escenario fuera un teatro neoclásico venido abajo y reconstruido con riffs.
Y después, como si todo lo anterior no bastara, llegó “Edge of Thorns”, con su icónico piano inicial y ese riff melancólico que se clava. El público lo cantaba entero, con los ojos cerrados. Fue el tema más coreado de toda la parte central. Una de esas canciones que no envejecen, sino que crecen con el tiempo.
Cada uno de esos temas fue interpretado con precisión quirúrgica, pero sobre todo con corazón. Fue en esa secuencia donde Savatage dejó claro que no estaban solo tocando canciones, sino reviviendo parte de su propia leyenda.
Pero si hubo un momento que puso el alma en vilo fue “Believe”. Con Jon Oliva proyectado en pantalla, al piano y cantando el primer tramo de la canción, y la banda incorporándose después, el homenaje fue sencillamente sobrecogedor. No exagero si digo que muchos lloramos. Fue un gesto precioso y un instante que quedará grabado en la memoria de Hellfest.
El tramo final con “Power of the Night” y, por supuesto, “Hall of the Mountain King”, fue directamente apoteósico. Clisson se vino abajo. Gritos, aplausos, cuernos en alto y una sensación de haber vivido algo irrepetible.
Savatage volvieron como se debe volver: con poder, con respeto, con emoción y con una entrega absoluta. Y lo que ofrecieron no fue solo un show: fue una página escrita en la historia del festival.
SatchVai Band:
Después del bolazo legendario de Savatage, necesitaba un respiro. Me senté un rato en zona lateral mientras sonaba la SatchVai Band, ese proyecto instrumental de lujo formado por dos auténticos titanes: Joe Satriani y Steve Vai. Lo que ofrecieron fue puro virtuosismo, una clase magistral sin necesidad de palabras.
Acompañados por una banda impecable, lo que más llamó la atención fue ver a Marco Mendoza al bajo, todo un icono del rock que ha pasado por bandas como Thin Lizzy, Whitesnake o The Dead Daisies. Y no solo eso: fue él quien puso la voz al gran final del set, una versión arrolladora de “Born to Be Wild”, que cerró el concierto con una explosión de riffs clásicos, distorsión limpia y sonrisas en el escenario.
Antes de eso, hubo espacio para el lucimiento técnico. Satriani se marcó un “If I Could Fly” absolutamente hipnótico, una demostración de cómo se puede emocionar sin decir una sola palabra. El fraseo, el control del tono, la expresividad… todo perfecto.
Judas Priest:
Habían pasado ya muchas horas de música, calor y épica, pero cuando Judas Priest pisaron el escenario, se sintió algo diferente. Esa electricidad que solo generan los más grandes. El calor, por fin, había desaparecido, y la noche de Clisson se preparaba para recibir a los verdaderos dioses del heavy metal.
El arranque fue demoledor con “All Guns Blazing” y “Hell Patrol”, dos cortes que dejaban claro que no venían a cumplir: venían a arrasarlo todo. Las guitarras sonaban afiladas, el ritmo era contundente y la voz de Rob Halford, simplemente, sobrenatural. Nadie podría haber imaginado que, con más de 70 años, iba a estar en ese nivel de forma. Cada agudo era un latigazo, cada frase una declaración de poder.
La puesta en escena fue imponente: fuego, plataformas, luces sincronizadas, pantallas inmensas. “You’ve Got Another Thing Comin’” fue el primer gran momento de comunión masiva, con miles de personas cantando a una sola voz. Y cuando llegó “Breaking the Law”, el suelo tembló: ese riff, ese estribillo, el alma del metal más puro y callejero vibrando en todo el recinto.
Pero la parte central del concierto fue la que más nos voló la cabeza. Con temas como “A Touch of Evil”, la inquietante y oscura “Night Crawler”, “Battle Hymn” como intro y “One Shot at Glory”, la banda demostró que siguen teniendo un repertorio poderoso más allá de los clásicos. Y lo mejor: no se notaba desgaste, solo solidez y maestría.
La sorpresa y uno de los momentos más emotivos llegó con “Giants in the Sky”, de su nuevo álbum. Mientras sonaba ese medio tiempo cargado de solemnidad, las pantallas proyectaban los rostros de leyendas caídas del rock y del metal: Dio, Chris Cornell, Christine McVie, Taylor Hawkins, Lemmy… Un homenaje silencioso pero desgarrador, que nos recordó lo afortunados que somos de seguir teniendo en pie a una banda como esta. Muchos se emocionaron, y con razón.
El bloque final fue absolutamente demoledor. “Between the Hammer and the Anvil”, “The Serpent and the King”, y por supuesto “Painkiller”, con Halford rugiendo como si no existieran los años, dejaron claro que Judas Priest no es solo una banda histórica: es una máquina perfectamente engrasada que sigue repartiendo lecciones en cada escenario que pisa.
El bis fue una fiesta total: “Hell Bent for Leather” nos hizo sacar lo último que nos quedaba de voz, y “Living After Midnight” cerró el concierto como lo que fue: una celebración del heavy metal en estado puro. Sonrisas, puños al aire, miradas de complicidad entre fans de varias generaciones. No hay muchas bandas capaces de unir así a tanta gente, durante tanto tiempo.
Judas Priest demostraron, una vez más, que el trono sigue siendo suyo. Lo de Clisson no fue un simple concierto: fue una misa. Y Halford fue el predicador. El heavy metal está vivo. Y su nombre es Judas.
Scorpions:
Después del estallido de potencia y vitalidad que fue Judas Priest, tocaba con otro de los grandes nombres del cartel: Scorpions. Eran más de las doce y media de la noche cuando la banda alemana salió al escenario principal de Clisson, envuelta en luces cálidas y la promesa de una última gran descarga de clásicos. Pero lo que se vivió fue algo más complejo: una mezcla de respeto, nostalgia… y tristeza.
El ambiente era ya de puro agotamiento. Muchos se mantenían firmes por respeto, otros por fe, y algunos ya empezaban a buscar algo de descanso. Y aunque el inicio con temas como “Coming Home”, “Gas in the Tank”, y “Make It Real” mantuvo una cierta energía, pronto empezó a notarse lo inevitable.
Klaus Meine, leyenda absoluta, estaba visiblemente limitado. Apenas se movía sobre el escenario y su voz, tan icónica como frágil, no alcanzaba ya los tonos que antes flotaban con naturalidad. Fue doloroso de ver. No por falta de profesionalidad ni entrega, sino porque era evidente que el tiempo ha hecho mella.
Frente a eso, Rudolf Schenker fue lo opuesto: pura energía. Corriendo de lado a lado, sonriendo, animando al público, él sostuvo el concierto con actitud de frontman veterano. Su presencia fue clave para mantener viva la llama mientras el público intentaba acompasar con respeto lo que ocurría sobre las tablas.
Y entonces llegaron los dos momentos más emocionales del show: “Send Me an Angel” y “Wind of Change”. A pesar de todo, ahí sí se detuvo el tiempo. El público encendió linternas, cantó con el alma y acompañó a Klaus en un momento de comunión sincera. No fue perfecto. No lo necesitaba ser. Fue real, humano, íntimo.
Después, aún llegaron temas como “Tease Me Please Me”, “Big City Nights”, “Still Loving You”, y el bis final con “Rock You Like a Hurricane”, pero yo ya me había alejado antes de la mitad del show. El cuerpo pedía cena, descanso… y también un poco de digestión emocional. Porque lo que había visto me removió más de lo que esperaba.
Dream Theater:
Después de la emoción contenida con Scorpions y ya pasadas las 2 de la mañana, me senté unos minutos para ver un poco de Dream Theater. No los había visto antes, y sabía que técnicamente iban a estar impecables. Y así fue. El sonido era limpio, los músicos, como siempre, afilados al milímetro, y los temas de su último disco, que para mí es uno de los mejores del año, si no el mejor, sonaban como se esperaría de una banda de ese calibre.
Pero el cuerpo ya no respondía.
Luché por mantenerme despierto, por seguir el hilo entre cambios de compás, solos infinitos y esa maquinaria musical que es su seña de identidad. Pero después de tantas horas, calor, gritos, pogos, emociones… me estaba quedando dormido sentado. Y eso, aunque me jodió, fue señal suficiente para retirarme con dignidad. Como prueba de lo cansado que estaba diré que era la primera vez que los veía y era de las bandas que más quería ver.
Me fui escuchando los compases a lo lejos, dejando atrás una jornada descomunal y sabiendo que, al menos, había llegado hasta el final. Aunque me costara los párpados.
Fotos varias:

