«El metal está más vivo que nunca»

Crónica de PolMetalhead

Fotos de Floopy

Cuarto día. Último asalto. Y aún quedaban fuerzas. Motivado desde primera hora, el domingo no se sintió como un final lento ni una bajada de ritmo: fue otro golpe directo al pecho, con un ambiente tan potente como el primer día y una energía colectiva que desafiaba toda lógica después de tanto vivido.

El recinto vibraba igual, o incluso más, que en jornadas anteriores. No era solo por el calor o la música: era la conciencia compartida de que se estaba acabando. Y cuando sabes que todo termina, cada nota, cada riff, cada estribillo se vive con más intensidad. Porque ya no hay después.

El domingo traía momentos que se sentían clave para el recuerdo. Dos nombres brillaban con luz propia: Falling in Reverse y el regreso soñado de Linkin Park. Dos generaciones distintas, dos formas de encender el escenario, pero un mismo resultado: piel de gallina, corazones acelerados y la sensación de estar presenciando historia.

Fue un día de catarsis, celebración y despedida. Y si alguien pensaba que el cuerpo no iba a aguantar… el alma se encargó del resto.

 

Novelists:

El domingo arrancaba con fuerza, y Novelists fueron los encargados de abrir el Mainstage bajo un sol que ya empezaba a calentar, aunque no tan salvaje como en días anteriores. A las 12 del mediodía, el público respondía bien para ser primera hora: motivado, con energía y con un cariño evidente hacia una banda de casa.

El concierto fue directo, con una mezcla de agresividad y emoción muy bien equilibrada, donde destacó por encima de todo la voz de su cantante, potente, clara y muy expresiva. Desde el primer tema, Coda, quedó claro que iban a por todas. El tema funcionó como un manifiesto emocional y técnico, muy bien recibido por la gente.

Siguieron con Prisoner, Mourning the Dawn, Terrorist y Heretic, todos ejecutados con solidez y un sonido bien trabajado para lo temprano del día. El grupo se notaba cómodo, con una energía contenida pero firme, y con una conexión real con el público francés que celebraba cada breakdown y cada frase melódica como si fuera la última.

Fue un concierto corto pero efectivo, ideal para abrir la jornada con potencia y sentimiento. Novelists dejaron claro que el metalcore francés está en forma, y que tienen mucho que decir. Una gran forma de empezar el último día.

 

Black Gold:

Después del sólido arranque con Novelists, Black Gold tomaron el relevo en el Mainstage y lo que hicieron fue directamente brutal. No los tenía especialmente en el radar, pero desde los primeros compases, dejaron claro que su directo es pura dinamita.

El ambiente era excelente, con mucha más energía de la que uno esperaría a esa hora. Y es que la banda salió con todo. Desde Sound of the Underground, su presencia escénica fue arrolladora: se movían con confianza, gritaban con intensidad y sabían cómo levantar a un público que venía con ganas de marcha.

Siguieron con On Another Level, Social Blackout, Freak, y Sorry, manteniendo un ritmo altísimo y una actitud que contagiaba. Lo suyo era rock musculoso con un pulso moderno, riffs contundentes y un vocalista que lo daba todo. No había relleno: cada tema era un golpe directo.

El set continuó con It’s Art, Old School Sound y One Chance, confirmando que no solo tienen energía, sino también una variedad estilística interesante que sabe combinar intensidad con groove.

Uno de los momentos más celebrados fue sin duda su versión de “I Ain’t Goin’ Out Like That de Cypress Hill, donde subió un rapero al escenario para acompañarlos. Fue un homenaje inesperado que rompió el molde y puso a todo el Mainstage a botar.

El cierre con Boogeyman fue un auténtico trallazo final. Directo, salvaje y con un último empujón de adrenalina para dejar el escenario en llamas.

Black Gold vinieron sin hacer ruido… y se fueron como una de las bandas más impactantes del domingo temprano. Una revelación total.

 

Poppy:

Después de la locura de Black Gold, el cambio de atmósfera fue inmediato. Poppy salió al escenario con la misma intensidad visual con la que ha construido toda su identidad: misteriosa, fría, poderosa. Lo suyo no fue cercanía ni calor humano, sino una performance quirúrgica, precisa, helada y fascinante. Y funcionó.

El ambiente era muy bueno. Mucha gente se acercó por curiosidad, otra tanta porque sabía lo que iba a ver. Y aunque el concierto fue un poco frío a nivel emocional, no se le puede poner ni una pega a su ejecución ni a la presencia escénica que proyecta desde el primer segundo.

Arrancó con have you had enough? y BLOODMONEY, dos trallazos industriales con groove denso y gritos controlados, marca de la casa. Pero fue con V.A.N. donde el concierto terminó de despegar: fuerza, voz, puesta en escena afilada y esa mezcla de glitch-pop y nu-metal que solo ella sabe manejar.

El setlist mantuvo un nivel constante: the cost of giving up, Anything Like Me, the center’s falling out, Scary Mask y Concrete fueron cayendo como fragmentos de una coreografía perfectamente calculada. No había espacio para la improvisación. Todo estaba medido. Todo era Poppy.

En el tramo final, they’re all around us y new way out cerraron un show sin altibajos ni excesos, pero con una identidad clara y muy reconocible. No hubo grandes discursos ni conexión verbal con el público, pero tampoco hacía falta. 

 

Lorna Shore:

A esas alturas del domingo, uno pensaría que el cuerpo empezaría a pedir tregua. Pero entonces llegaron Lorna Shore y tiraron esa idea al suelo con la fuerza de un breakdown. El Mainstage se llenó por completo, y lo que vino después fue una hora de brutalidad absoluta, ejecutada con una precisión escalofriante.

El concierto fue pura energía. El público estaba entregado, rabioso y listo para el caos. Desde el primer tema, Meltdown, el sonido era arrollador, y la banda lo dio todo sin reservas. Y si hay que hablar de alguien, es de Will Ramos: su presencia es magnética, su capacidad vocal parece no tener límites, y su energía en directo es sencillamente demoledora.

El setlist fue un repaso perfecto por su arsenal de deathcore sinfónico: Sign of Life, Thoughts & Prayers, Necessary Evil y Slaughterhouse golpeaban sin descanso, combinando agresividad con una atmósfera casi cinematográfica.

En la segunda mitad del concierto cayeron Voices, Disguise, y Scoring the End of the World, con una ejecución impecable y un despliegue técnico que impresionaba incluso a los que no son fans del género. Cierre bestial con Soft y la apoteósica Eternally Yours, donde la locura colectiva en el público alcanzó su punto máximo.

No hubo un solo momento de descanso. No hubo bajones. Solo fuerza, entrega y un dominio absoluto del escenario.

 

Motionless in White:

Después del apocalipsis técnico de Lorna Shore, Motionless in White tomaban el relevo con una propuesta distinta pero igual de potente. Lo suyo no era solo brutalidad, era estética, presencia y un control escénico absoluto. El público estaba entregado, la explanada llena y la energía en su punto más alto.

Desde Meltdown, el concierto fue una montaña rusa de riffs, breakdowns y estribillos coreables. Chris Motionless estaba inmenso: voz firme, imagen poderosa y una presencia que llenaba todo el escenario. Fue, sin duda, el eje del concierto, y el público lo sabía.

El setlist fue perfecto para un festival: Sign of Life, Thoughts & Prayers, Necessary Evil y una demoledora Slaughterhouse desataron los pogos más salvajes del día. Pero también hubo espacio para momentos más emocionales: Voices y Disguise funcionaron como válvulas de escape emocional, cantadas por todo el recinto como si fuera una misa alternativa.

El tramo final con Scoring the End of the World, Soft y el cierre con Eternally Yours fue simplemente impecable. Todo estaba bien medido, bien tocado, bien planteado. Una banda que ya no sorprende por ser buena: sorprende por ser cada vez mejor.

La única espina: no tocaron “Werewolf, un tema que muchos esperábamos y que hubiera encajado perfectamente. Aun así, lo que entregaron fue tan sólido, tan directo y tan intenso, que el vacío se llenó con actitud.

Motionless in White demostraron que están en un punto de madurez brutal. Y Clisson los recibió como lo que ya son: una banda llamada a liderar la próxima generación del metal.

 

A Day To Remember:

No los tenía escuchados. Iba sin expectativas. Pero lo que viví con A Day To Remember en Hellfest 2025 fue, sin exagerar, una de las experiencias más intensas del festival. A las ocho de la tarde, cuando parecía que el cuerpo ya no podía más, ellos salieron al Mainstage y lo cambiaron todo.

Abrieron con The Downfall of Us All y el terreno tembló. El riff inicial, ese grito de guerra, la explosión del público… fue inmediato. El moshpit se abrió como si acabara de empezar el día, y no había una sola cara sin sonrisa o grito de euforia.

Siguieron con I’m Made of Wax, Larry, What Are You Made Of?, y ahí ya se notaba el primer nudo en la garganta. La mezcla de brutalidad en los versos y estribillos melódicos, coreables hasta la afonía, funcionó como un catalizador emocional para mucha gente. Crowdsurfers volando, empujones amistosos, abrazos entre desconocidos

Con 2nd Sucks subieron la intensidad. Pura descarga hardcore, agresiva, directa. Un tema perfecto para desahogarse. Luego vinieron Right Back at It Again y Bad Blood, donde la conexión banda-público era ya total. Jeremy McKinnon, al frente, lo daba todo con una entrega desbordante.

Paranoia sonó como una bala. Un tema que habla del caos mental y que en directo se siente como liberación. Pero fue con Have Faith in Me cuando las lágrimas empezaron a brotar de verdad. Uno de esos temas que tocan algo interno, que mucha gente cantó con los ojos cerrados, brazos en alto, como si el mundo entero desapareciera.

All My Friends puso a todo el Mainstage a saltar. Literal. Fue uno de los puntos de más energía de todo el día. Y con Mr. Highway’s Thinking About the End —aunque solo fue parcial— desataron una tormenta sonora que volvió a encender los pogos más grandes.

Con LeBron y Miracle mantuvieron el nivel, sin bajones, con una ejecución limpia pero con rabia. Y entonces llegó uno de los momentos más bestias de todo el festival: “All I Want”. La reacción del público fue brutal. Un grito colectivo de rabia. Lo cantamos todos.

Y si eso no bastaba, lo remataron con If It Means a Lot to You. El tema más coreado, el más emocional. Fue un momento mágico. No había distancias entre escenario y público. Solo emoción pura. Mucha gente llorando. 

El final con Flowers y All Signs Point to Lauderdale fue una explosión. Fuegos artificiales emocionales. Diversión, locura y esa sensación de haber vivido algo especial. No solo un concierto: una experiencia.

A Day To Remember no fueron los mejores técnicamente. Pero fueron la mayor sorpresa. Me hicieron sentir como si los conociera de toda la vida. Y eso, en un festival como Hellfest, vale más que cualquier cosa.

Tras esto decidí mantenerme en este escenario mientras tocaban las leyendas del Hip-Hop de los 90, Cypress Hill, para pillar sitio para una de las bandas que más esperaba del festival, Falling in Reverse.

 

Falling in Reverse:

Después de aguantar el sitio durante Cypress Hill, sabía que se venía algo grande. Pero lo que hizo Falling in Reverse en el Mainstage de Hellfest 2025 fue puro delirio colectivo. Nunca vi ese escenario tan lleno, tan comprimido, tan a punto de explotar. Y la banda, lejos de desbordarse, lo convirtió en su reino.

Ronnie Radke salió como un huracán y no soltó el control ni un segundo. Lo suyo no es simpatía tradicional. Es carisma puro, directo, crudo, eléctrico. Y aunque muchos lo señalan como personaje polémico, cuando lo ves en directo no puedes negar lo evidente: es un showman nato. Su voz, su control del escenario, su capacidad para leer al público… fue impresionante.

El concierto arrancó con Prequel y estalló con Zombified, que ya desde los primeros compases puso el recinto patas arriba. La gente coreaba su nombre —“Ronnie, Ronnie”— entre canción y canción, y él alucinaba mirando el mar de crowdsurfers que no paraban de cruzar sobre la primera línea.

I’m Not a Vampire sonó majestuosa. Oscura, teatral, emocional. Y con Fuck You and All Your Friends el ambiente pasó de tenso a incendiario. Todo el mundo gritando, saltando, soltando lo que llevaba dentro.

Con Bad Guy y Losing My Mind, el juego entre metal, rap y electrónica explotó. Ronnie iba y venía entre los géneros con una soltura escandalosa. Después llegó uno de los puntos más coreados: The Drug in Me Is You, que fue cantada por el público de principio a fin. Puro himno millennial. Le siguió Just Like You, igual de vibrante y emocional.

Aunque NO FEAR fue reproducida desde backstage, no rompió el ritmo del show. De hecho, sirvió como interludio para recargar antes del siguiente bombazo: God Is a Weapon, colaboración con Marylin Manson, seguida por la intensa All My Life, con Jelly Roll, que sonó como un cañón.

El tramo final fue directamente épico. Popular Monster encendió a Clisson como si fuera la canción más importante de la década, y Voices in My Head la mantuvo en llamas. Entonces llegó un momento muy especial para mí: Ronald —el tema con Tech N9ne y Alex Terrible— sonó brutal. Pero fue con Watch the World Burn cuando literalmente me volví loco. La intensidad, el mensaje, la entrega… fue una descarga total. No había nadie quieto. Nadie.

Falling in Reverse fueron, probablemente, lo mejor del festival. Una banda que ha sabido evolucionar, abrazar lo escénico sin perder fuerza, y conectar con el público como pocas. Ronnie Radke, para bien o para mal, fue el rey del domingo.

 

Linkin Park:

Después del estallido brutal de Falling in Reverse, el ambiente cambió. Había algo diferente en el aire. Expectación, respeto… una energía contenida que anunciaba lo que todos sabíamos: Linkin Park volvía al escenario, y lo hacía para cerrar el Hellfest. Y lo que vivimos fue histórico, emotivo e imposible de olvidar.

El recinto estaba a reventar. No cabía ni un alfiler. Desde la primera fila hasta el fondo del Hell City, todo el mundo quería ser parte de ese momento.

Abrieron con Inception Intro A, con elementos de Castle of Glass, una introducción casi cinematográfica que nos metió de lleno en la narrativa del concierto. Luego llegó Somewhere I Belong, y la emoción explotó. El público cantaba como si hubiera esperado toda la vida para eso.

Le siguieron Lying From You y From the Inside, con una intensidad enorme y una ejecución perfecta. Pero fue con The Emptiness Machine donde la emoción empezó a golpear fuerte. El tema tiene algo oscuro, introspectivo, y en ese momento se hizo un silencio reverente en todo el recinto.

Tras un nuevo acto instrumental volvió la tormenta: The Catalyst, Burn It Down, y Two Faced fueron puro fuego. La banda sonaba compacta, sólida y emocionalmente unida. Ver a Mike Shinoda al frente, transmitiendo calma, fuerza y gratitud, fue uno de los mayores aciertos del regreso.

Waiting for the End y Up From the Bottom prepararon el terreno para uno de los primeros picos de la noche: One Step Closer, que reventó Clisson con una energía rabiosa y liberadora.

En el segundo acto, con Break/Collapse como transición, llegó uno de los momentos más especiales: “Lost”, en su versión híbrida, empezó con piano y voz y terminó con la banda completa rugiendo. Fue un homenaje bello y desgarrador.

Siguieron con Overflowy luego una secuencia perfecta: What I’ve Done, “Numb” (con intro de “Numb/Encore”) y… entonces sí, In the End.

Aquí se rompió todo. Yo incluido.

Miles de personas cantando entre lágrimas. No se podía no llorar. Ver a la banda mirar al público, sin pronunciar una palabra, dejándonos cantar el estribillo… fue demasiado.

Pero el final todavía tenía fuerza: Faint (con outro extendido), y un bis que incluyó Papercut, A Place for My Head, Heavy Is the Crown y el broche con Bleed It Out, que desató la última locura colectiva de la noche.

Linkin Park no solo volvió. Volvió con clase, con fuerza, con respeto. Fue un homenaje a Chester, sí, pero también una afirmación de que la música sigue viva, que el legado está en buenas manos y que aún hay mucho que decir con una gran vocalista como Emily Armstrong.

Salí de ese concierto sin palabras. Solo emociones. Y la sensación de haber estado en uno de esos momentos que marcarán para siempre la historia del Hellfest.

Gracias, Hellfest, por otra edición impresionante, llena de emociones y con un cartel solo al alcance de los más grandes, por un año más, por sorprendernos con bandas nuevas que lo dan todo, y por reunir a la crème de la crème de la escena.

Gracias or hacerme enamorarme cada vez más de este maravilloso universo que es el metal.

Aunque este año el calor nos golpeó con fuerza, no cambiaría nada de otro Hellfest legendario. Larga vida al metal y al Hellfest.

 

Fotos varias:

 

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