
«Cuando los sueños de la infancia se convirtieron en un concierto real»
Escrito por: Mike Young
Tal día como hoy, un viernes 29 de mayo de hace once años, vi a AC/DC en la gira Rock or Bust. Once años. Y, aun así, sigo recordando aquella noche con una claridad extraña, casi irreal. He estado en conciertos más grandes desde entonces, en estadios más impresionantes y viendo a artistas capaces de montar producciones gigantescas. Pero hay conciertos que se quedan contigo por motivos difíciles de explicar, y aquel fue uno de ellos.
Por aquel entonces tendría 18 o 19 años y todavía vivía la música con esa mezcla de obsesión y descubrimiento constante. Ya llevaba años tocando la guitarra por culpa de Angus Young y, como todo adolescente, tenía en mente llegar a ser una estrella del rock. Así que aquella noche no iba simplemente a ver a una banda: iba a ver a uno de los responsables de que acabara obsesionado con la música.
AC/DC llegaba a Barcelona sin Malcolm Young y con Chris Slade a la batería (a quien años después conocería en persona y me firmaría el Rock or Bust). Para los más puristas era una noche rara. Para mí, era la noche de mi vida.
Con los años he visto a muchísimas bandas, tanto gigantes como pequeñas. He visto varias veces a Iron Maiden, Metallica, The Rolling Stones o incluso a Taylor Swift (y sí, la meto en esta lista sin ningún problema, porque mantener un show de más de tres horas con ese nivel de espectáculo y energía es algo al alcance de muy pocos artistas). Pero, aun así, aquel concierto de AC/DC sigue ocupando un lugar especial en mi corazón.
Me sabía de memoria el Live at River Plate. Lo había visto una y otra vez pensando: “Necesito vivir esto algún día”. Quería sentir el rugido del estadio antes de que empezara el concierto, escuchar a miles de personas cantando al mismo tiempo y ver a Angus recorriendo el escenario con aquella SG colgada al cuello, como si tuviera electricidad infinita dentro del cuerpo. Y cuando finalmente ocurrió, fue exactamente tan descomunal como imaginaba.
Recuerdo mirar alrededor desde la pista del Estadi Olímpic y ver únicamente gente y más gente. He visto espectáculos mucho más modernos y tecnológicos desde entonces, pero aquella sensación era distinta. Porque el verdadero impacto no estaba solo en el volumen, las pantallas o los cañones. Estaba en otra cosa mucho más simple: el motor de todos esos sueños que había tenido de pequeño estaba ahí delante, moviéndose sobre un escenario real.
Mi canción favorita de AC/DC siempre ha sido You Shook Me All Night Long. Y sí, sabía que probablemente iba a sonar aquella noche porque es uno de esos temas que nunca abandonan el setlist de la banda. Pero una cosa es saberlo y otra, vivirlo. Cuando empezaron los primeros acordes, recuerdo adelantarme un poco entre la gente para encontrar un pequeño hueco más cerca del escenario. Quería vivir ese momento desde un poco más adelante, sentirlo de verdad. Y cuando finalmente sonó… fue espectacular. Todavía hoy se me pone la piel de gallina al recordarlo.
Hay canciones que llevas tantos años escuchando que casi forman parte de ti antes incluso de oírlas en directo. Pero cuando por fin llegan, cuando las vives rodeado de miles de personas cantándolas al mismo tiempo, se convierten en algo completamente distinto. Ya no era solo una canción de AC/DC. Era uno de esos momentos que se te quedan grabados para siempre.
Con los años he escuchado a bandas mucho más técnicas, producciones infinitamente más complejas y músicos mucho más virtuosos. Pero once años después sigo recordando perfectamente cómo sonó AC/DC aquella noche. Y creo que ahí está parte de la magia de esta banda: nunca necesitaron complicarlo demasiado para dejar huella.
Porque al final, muchos conciertos impresionan; muy pocos se convierten en parte de tu propia historia.
Y quizá por eso sigo recordando aquella noche como algo casi irreal: durante un par de horas, todo aquello que había imaginado al ver el Live at River Plate dejó de parecer lejano o imposible. Algunos conciertos se disfrutan. Otros terminan formando parte de tu vida.

