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«El futuro del rock parece estar en buenas manos. Su pasado, mientras tanto, sigue siendo absolutamente extraordinario»

Crónica y fotos por PolMetalhead

Hay contados conciertos que trascienden la música y se convierten en una oportunidad de reencontrarse con una parte fundamental de la historia del rock. Pocas bandas representan mejor esa sensación que Deep Purple, una formación cuyo legado resulta prácticamente imposible de cuantificar y que, más de medio siglo después de sus primeros pasos, continúa recorriendo escenarios de todo el mundo. Barcelona tuvo nuevamente el privilegio de recibir a una de las agrupaciones más influyentes de todos los tiempos, acompañada en esta ocasión por Jayler, una jovencísima formación británica que representa precisamente el futuro de un género al que sus compañeros de cartel ayudaron a dar forma.

Jayler

Tengo que reconocer que pocas veces he terminado la actuación de una banda emergente con una sensación tan clara de estar presenciando los primeros capítulos de una historia que puede llegar extraordinariamente lejos. Jayler no necesitaron demasiado tiempo para demostrar que lo suyo va mucho más allá de recuperar los sonidos de los años setenta. Estamos ante cuatro músicos jóvenes con una personalidad arrolladora, un talento instrumental descomunal y, sobre todo, una capacidad para conectar con el público que muchas bandas consagradas querrían para sí mismas.

Desde los primeros compases de Down Below, la formación británica dejó claras sus intenciones. Su propuesta bebe directamente de las grandes leyendas del rock clásico, especialmente de Led Zeppelin, pero sería injusto reducir su música a un simple ejercicio de nostalgia.

Buena parte de esa personalidad recae sobre su cantante, James Bartholomew, cuya presencia escénica y manera de interpretar me recordaron enormemente a Robert Plant en sus mejores tiempos. Y que conste que lo digo como uno de los mayores elogios que puedo dedicarle. No hablamos únicamente de su registro o de su capacidad para alcanzar notas agudas, sino también de esa manera de moverse, transmitir y dominar el escenario que parece surgir de forma completamente natural. Tampoco puedo dejar de destacar a su guitarrista, Tyler Arrowsmith, sencillamente espectacular. Su ejecución, dominio del instrumento y capacidad para construir riffs y solos con una naturalidad pasmosa fueron algunos de los grandes atractivos de la actuación.

El repertorio estuvo centrado casi por completo en su material más reciente, reservando únicamente una composición anterior a su primer trabajo de estudio. Canciones como The Getaway, No Woman, Alectrona o Riverboat Queen permitieron comprobar que la formación cuenta con material de sobra para sostener una actuación sobresaliente, alternando momentos de enorme contundencia con pasajes más melódicos.

Uno de los detalles más simpáticos llegó durante Lovemaker, cuando introdujeron una referencia al clásico de Ray Charles, What’d I Say, modificando parte de la letra para jugar con el nombre de su cantante. Un pequeño guiño que encajó perfectamente con el espíritu desenfadado y las raíces musicales del grupo. También hubo espacio para Need Your Love, Over the Mountain y The Rinsk, aunque lamentablemente quedó fuera Hate to See It End, una ausencia que personalmente habría agradecido evitar.

El cierre, con un homenaje a War Pigs de Black Sabbath, terminó de redondear una actuación que dejó un sabor de boca extraordinario. Pocas maneras mejores de despedirse que recordando a otra de las agrupaciones fundamentales para comprender la evolución del rock y el heavy metal.

La sensación al finalizar fue difícil de describir. Por momentos parecía que estábamos viendo a una de esas bandas que dentro de veinte o treinta años podremos recordar diciendo que tuvimos la suerte de descubrirlas cuando todavía estaban comenzando. Evidentemente, el futuro siempre resulta impredecible, pero si existe justicia musical, Jayler tienen absolutamente todo lo necesario para convertirse en una formación masiva.

Ojalá dentro de unos años podamos mirar atrás y recordar aquella noche en Barcelona como una de las primeras ocasiones en las que presenciamos el nacimiento de una nueva gran leyenda del rock. Además, tuve la suerte de poder conversar un rato con ellos antes del concierto y parecen tener toda la humildad, las ganas de comerse el mundo y la ambición necesarias para llegar tan lejos como se propongan.

 

Deep Purple

Hablar de Deep Purple es hacerlo de una de las bandas que establecieron las bases sobre las que se construiría buena parte del hard rock y el heavy metal. Su influencia resulta incalculable, y cada nueva oportunidad de disfrutar de su música en directo es motivo de celebración y homenaje a una generación de músicos irrepetible.

La actuación comenzó con una proyección audiovisual que repasaba la trayectoria de la formación a través de sus distintos álbumes. Un recorrido por décadas de historia que sirvió como introducción perfecta para recordar la magnitud de cuanto han conseguido estos músicos, antes de que la banda apareciera sobre el escenario. Tras aquella mirada al pasado, los primeros acordes de Highway Star nos devolvieron directamente a 1972 y al monumental Machine Head. Pocos temas pueden resultar más apropiados para abrir un concierto de Deep Purple que esta descarga de velocidad, virtuosismo y hard rock en estado puro. Desde el primer momento quedó claro que, por muchos años que hayan pasado, todavía tenemos delante a una banda capaz de defender con enorme dignidad uno de los repertorios más importantes de la historia.

Uno de los aspectos que más me sorprendió positivamente fue el estado vocal de Ian Gillan. Evidentemente, sería absurdo pretender que un cantante de 81 años conserve las mismas capacidades que tenía hace medio siglo, especialmente tratándose de un vocalista que construyó buena parte de su leyenda sobre interpretaciones de una exigencia extraordinaria. Sin embargo, Gillan supo desenvolverse francamente bien dentro de sus posibilidades actuales, demostrando oficio, carisma y una experiencia acumulada durante décadas que le permite seguir defendiendo este repertorio de una manera que merece todo nuestro reconocimiento.

Con el público ya completamente entregado, A Bit on the Side nos trasladó a la etapa más reciente de la banda, concretamente a =1, su penúltimo trabajo de estudio. Lejos de limitarse a vivir de las rentas de sus grandes clásicos, Deep Purple continúan apostando por material nuevo, y esta composición permitió comprobar cómo encaja su sonido actual dentro de un espectáculo dominado inevitablemente por la nostalgia. La guitarra de Simon McBride adquirió especial protagonismo, dejando claro que el irlandés es una auténtica bestia de las seis cuerdas. Sustituir a figuras de la dimensión de Ritchie Blackmore o Steve Morse no está al alcance de cualquiera, pero McBride ha sabido encontrar su propio espacio.

El viaje al pasado continuó con Into the Fire, perteneciente al imprescindible Deep Purple in Rock, uno de esos álbumes que ayudaron a definir el sonido del hard rock tal y como lo conocemos. Su contundencia, su carácter prácticamente primitivo y esos gritos que parecen surgir desde lo más profundo del alma de Gillan contrastaron con el enfoque más moderno de Arrogant Boy, una de las composiciones de su último trabajo, SPLAT!. Dos maneras muy distintas de entender la música, separadas por más de medio siglo, que convivieron con sorprendente naturalidad sobre el escenario.

La interpretación de Diablo permitió seguir explorando la faceta contemporánea de la formación, nuevamente desde SPLAT!, con unas líneas instrumentales que demostraron que Deep Purple todavía tienen mucho que ofrecer más allá de sus clásicos. Especialmente impresionante resultó la conexión entre Simon McBride y Don Airey, dos músicos de una capacidad técnica extraordinaria que aportan una nueva dimensión a unas canciones construidas sobre la esencia inconfundible del grupo.

Y qué decir de Don Airey. Estamos hablando, sin ningún género de dudas, de uno de los teclistas más virtuosos de la historia del rock. Su currículum habla por sí solo, pero resulta todavía más impresionante contemplarlo en directo, desenvolviéndose con una facilidad absolutamente pasmosa entre pasajes de enorme complejidad técnica. Sus intervenciones solistas ofrecieron auténticas exhibiciones de talento, recordándonos que los teclados siempre han sido uno de los elementos fundamentales del sonido de Deep Purple.

Precisamente los teclados dieron paso a Lazy, otro de los grandes tesoros de Machine Head. Su característica introducción y su desarrollo instrumental permitieron disfrutar de la vertiente más cercana al blues y al rock improvisado de la formación. Fue uno de esos momentos en los que la calidad de los músicos se impone por encima de cualquier otra consideración. Ver a McBride y Airey desenvolverse con semejante soltura, respaldados por una sección rítmica de auténtico lujo, constituye un espectáculo por sí mismo.

Y es que resulta imposible hablar de esa sección rítmica sin detenerse en Ian Paice, posiblemente uno de los baterías más importantes e influyentes de la historia del rock. El único miembro que ha participado en todas las etapas de Deep Purple continúa siendo una auténtica máquina detrás de su instrumento. Su precisión, elegancia y capacidad para mantener el pulso de las composiciones siguen resultando admirables. Verlo tocar constituye, por sí solo, una lección de historia de la música. Por su parte, Roger Glover sigue absolutamente a lo suyo. Sin necesidad de grandes exhibiciones ni de reclamar constantemente el protagonismo, el bajista continúa demostrando por qué es una pieza indispensable del sonido de Deep Purple. Su aportación puede resultar menos llamativa para el espectador ocasional, pero su calidad y solidez permanecen fuera de toda discusión.

La siguiente parada fue una de las grandes sorpresas de la noche y nos llevó hasta Purpendicular con Sometimes I Feel Like Screaming, una composición que representa una faceta mucho más melódica y emotiva de Deep Purple. Su desarrollo progresivo, que parte de una atmósfera contenida para alcanzar momentos de mayor intensidad, ofreció un contraste especialmente agradecido dentro del repertorio. Además, permitió apreciar nuevamente el oficio de Gillan, que supo adaptar su interpretación a las posibilidades de su voz sin renunciar a la expresividad que siempre lo ha caracterizado.

El regreso al material más reciente llegó de la mano de Sacred Land, perteneciente a SPLAT!, y Lazy Sod, incluida en =1. Dos composiciones que siguieron poniendo de manifiesto la voluntad de la banda de mantener vivo su presente creativo. La primera aportó una atmósfera más reposada, mientras que la segunda recuperó un enfoque más directo y guitarrero, permitiendo que McBride volviera a exhibir buena parte de su enorme talento. Puede que estas canciones no tengan el peso histórico de los grandes clásicos, pero resulta admirable que unos músicos con semejante trayectoria continúen sacando música y reivindicándola en directo.

El concierto se acercaba ya a su tramo más esperado cuando Don Airey volvió a hacerse dueño del escenario. Su solo de teclado fue una auténtica demostración de virtuosismo, combinando velocidad, precisión y una musicalidad al alcance de muy pocos instrumentistas. Pero el momento más simpático llegó cuando sorprendió al público interpretando el himno del Barça, un guiño a la ciudad que fue recibido con entusiasmo y que desembocó en los primeros acordes de Perfect Strangers. Pocas composiciones representan mejor la capacidad de Deep Purple para reinventarse que este clásico de 1984. Su atmósfera misteriosa, el protagonismo de los teclados y la contundencia de su estribillo volvieron a funcionar de maravilla, convirtiéndose en uno de los momentos más celebrados de la noche.

A partir de ese momento, el concierto se convirtió en una auténtica sucesión de himnos. Space Truckin’ nos devolvió a los años más salvajes de la formación, con un ritmo arrollador y una sección instrumental que permitió disfrutar nuevamente del extraordinario trabajo de Paice y Glover. La energía de la composición preparó el terreno para la inevitable Smoke on the Water, probablemente una de las canciones más reconocibles de toda la historia del rock.

¿Qué se puede añadir a estas alturas sobre uno de los riffs más icónicos jamás escritos? Su sencillez, contundencia y capacidad para conectar con distintas generaciones han convertido esta composición en un auténtico patrimonio de la música popular. Escucharla interpretada por algunos de sus propios creadores sigue siendo una experiencia extraordinaria, incluso después de haberla disfrutado en directo en anteriores ocasiones. Pocos grupos pueden presumir de poseer una canción que haya trascendido de semejante manera las fronteras de su propio género.

Tras la imponente recta final del repertorio principal, todavía hubo espacio para una intervención instrumental con Guinnesis, antes de regresar a los primeros años de la formación con Hush, una de mis composiciones favoritas de Deep Purple y cuya inclusión agradecí enormemente. Publicada en Shades of Deep Purple, esta versión del tema de Joe South nos transportó hasta los primeros pasos de la banda, cuando su sonido todavía estaba marcado por unas influencias psicodélicas y un protagonismo del órgano muy característico. Su energía contagiosa y su carácter festivo fueron el complemento perfecto para una recta final que ya había alcanzado cotas altísimas de emoción. Y cómo olvidarse de ese inconfundible estribillo, con su contagioso «na, na, na», que resulta prácticamente imposible no terminar tarareando.

Y finalmente llegó Black Night, encargada de poner el broche de oro a la actuación. Su riff inconfundible y ese espíritu desenfadado que siempre ha acompañado a la composición permitieron despedir a la banda por todo lo alto. Resultaba imposible no dejarse llevar por la música mientras contemplábamos a unos artistas que, décadas después de haber contribuido a crear todo un género, todavía siguen disfrutando de los escenarios y haciéndonos disfrutar a los demás.

Si tuviera que señalar una única pega, sería la ausencia de When a Blind Man Cries. La última vez que tuve ocasión de ver a Deep Purple, su interpretación fue, para mí, el momento más especial de toda la actuación. Se trata de una composición que consigue emocionar de una manera difícil de explicar y que habría aportado una dimensión especialmente íntima a una noche dominada por los grandes clásicos. Comprendo perfectamente que, con un repertorio tan extenso y una trayectoria semejante, resulta imposible satisfacer todas las preferencias, pero no puedo evitar echarla de menos.

Más allá de las canciones interpretadas, lo que nos dejó aquella noche en el Sant Jordi Club fue una de esas experiencias que permiten comprender por qué seguimos enamorados de la música en directo.

Por un lado, Jayler representaron la ilusión de descubrir a cuatro jóvenes que parecen destinados a escribir su propio capítulo dentro de la historia del rock. Por el otro, Deep Purple volvieron a demostrar por qué su nombre merece figurar entre los más grandes que ha dado jamás el género.

Siempre que tengo la oportunidad de asistir a un concierto de músicos de esta generación me acompaña inevitablemente un pensamiento: quizás sea la última ocasión en la que pueda verlos. No lo digo desde el pesimismo, sino desde la conciencia de estar disfrutando de artistas que llevan toda una vida entregados a la música y que, por una cuestión puramente natural, se encuentran mucho más cerca del final de sus carreras que del principio.

Por supuesto, ojalá podamos seguir disfrutando de Deep Purple durante muchos años más. Pero si aquella noche de octubre terminase siendo mi última oportunidad de verlos, me parecería una despedida magnífica. Porque pocas cosas resultan tan especiales como contemplar a algunos de los padres fundadores del rock haciendo aquello que mejor saben hacer, compartiendo escenario con una nueva generación que amenaza con recoger su testigo.

El futuro del rock parece estar en buenas manos. Su pasado, mientras tanto, sigue siendo absolutamente extraordinario.

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