«Una apuesta valiente por sonar más duros sin sucumbir a las nuevas tendencias»

Heavy Metal, Hard Rock – U.S.A.

Escrita por Crom

A principios de los 90, el Heavy Metal no atravesaba su mejor momento, el Grunge y el Metal alternativo iban ganando espacio y protagonismo en la escena, aunque todavía hubo tiempo para algunos lanzamientos importantes, como el Painkiller de los Judas, el Fear of the Dark de los Maiden… o este Slave to the Grind , que vamos a reseñar hoy. En ese contexto Skid Row, que se había hecho un nombre con su debut homónimo de 1989 lleno de buenos himnos como “Youth Gone Wild” y baladas exitosas como “I Remember You”, decidió no repetir la fórmula y darle un toque más agresivo a su segundo álbum. En vez de acomodarse en la comodidad de las modas del momento, la banda de New Jersey mostró hambre y evolución: asumieron riesgos y endurecieron su propuesta, quizá influenciados por la irrupción de nuevos pesos pesados como Pantera (no en vano “Cowboys From Hell” había salido en 1990 y Skid Row los llevó de teloneros).

Slave to the Grind es, sin duda, más duro y directo que el debut. Canciones frenéticas como Monkey Business (que abre el álbum con un groove demoledor) o Slave to the Grind (el tema título) explotan con velocidad y rabia casi de speed metal, o suenan rápidas y descaradas como Get the F**k Out, mostrando a unos Skid Row más feroces que nunca. La base rítmica suena potente y las guitarras adquieren un filo acerado, y la voz de Sebastian Bach aumneta en intensidad y explota los ya buenos agudos que brindó en su debut. Se percibe también un tono más oscuro en el sonido, acorde a unas letras más crudas. La banda venía girando con gigantes del hard rock y había probado las mieles del éxito, pero lejos de dormirse en los laureles, llegó al estudio desencantada con una escena decadente y con intención de no ser manipulada por la industria. Tenían las ideas claras: no querían convertirse en una caricatura de sí mismos, por muy tentador que fuera repetir la jugada ganadora del primer álbum. “Creo que mucha gente esperaba que nos volviéramos formulaicos repitiendo el primer disco… pero estábamos en una mentalidad diferente”, resumió años después el bajista Rachel Bolan, orgulloso de que todos en la banda pensaran igual.

Ahora bien, Skid Row no se volvieron locos y supieron mantener cierto equilibrio. Como dijo Bach en retrospectiva: querían endurecer el sonido pero “No fuimos estúpidos. No íbamos a darle la espalda a todo lo que nos llevó adonde estábamos». ¿Qué significa esto? Que Slave to the Grind también ofrece melodía y ese gancho accesible que les había dado fama. En 1991 todavía era ley incluir una balada en todo disco de hard rock que aspirara a ventas, y la banda cumplió con el requisito a su manera. Eso sí, aquí las power ballads vienen cargadas de oscuridad y emociones, poco almíbar. Temas como Quicksand Jesus aportan pasajes acústicos y reflexión espiritual, In a Darkened Room destila angustia genuina (muy lejos de ser una típica canción de amor) y Wasted Time cierra el disco con tono agridulce, abordando la tragedia de la adicción y la pérdida de forma muy honesta. De hecho, esta última canción terminó siendo no solo el último gran hit de Skid Row, sino casi la banda sonora de despedida de la era dorada del metal ochentero –que meses después sería desplazada de los rankings por la oleada del grunge–. Estas baladas muestran la madurez compositiva del grupo: baladas sí, pero con alma y substancia, que en vez de hablar de romances efímeros exploran dolor, fe y desilusión. 

En general, el álbum brilla por una composición más variada y sólida. Los principales compositores, el bajista Rachel Bolan y el guitarrista Snake Sabo, se quitaron de encima los clichés manidos del glam –afuera el exceso de azúcar, las juergas vacías y las letras de ligue facilón– para dar paso a un enfoque más visceral. Las nuevas canciones exudan mala leche y autenticidad; las letras destilan mordacidad, hay críticas veladas a la religión, a las drogas y a la sociedad, escritas con creatividad e ingenio. Detrás de Bach, la banda en bloque funciona como una apisonadora bien engrasada: la base rítmica de Snake, Bolan, Scotti Hill (guitarra) y Rob Affuso (batería) suena compacta y limpia, pero con la dosis justa de suciedad para añadir agresividad al conjunto. La producción de Michael Wagener (que también produjo el debut) equilibra el brillo profesional con la energía cruda de la banda, permitiendo que cada instrumento brille sin perder la sensación orgánica y callejera. Cabe destacar que la canción “Slave to the Grind” se grabó prácticamente en vivo en una toma –¡en apenas una hora!– para capturar esa vibra feroz y espontánea. 

La actitud es justamente un punto fuerte de Slave to the Grind. Skid Row se muestra aquí más desafiante y honesto que la mayoría de sus contemporáneos. Un ejemplo claro ocurrió al filmar el videoclip del tema título: la discográfica planeó incluir una modelo en bikini para adornar el clip, siguiendo la fórmula sexista habitual de la era, pero Sebastian Bach se plantó y dijo que ni hablar –“esa chica no va a aparecer, de eso no trata la canción, no necesitamos chicas calientes” y así se hizo. Esa actitud mostró que la banda no quería caer en clichés ni seguir la corriente los vicios del glam restante. Esta postura les ganó respeto entre el público metalero más serio, que empezaba a estar harto de las superficialidades del hair metal. En este disco la banda canaliza esa rabia juvenil de forma más creíble: es un disco nacido del desencanto con la escena, pero también del amor por el Heavy Metal auténtico.

En cuanto a recepción, Slave to the Grind arrasó. Contra todo pronóstico para un disco tan heavy en 1991, debutó directamente en el #1 del Billboard 200, siendo el primer álbum de heavy metal de la historia en lograr tal hazaña. Vendió cerca de 150.000 copias en su primera semana solo en EE. UU, destronando a gigantes pop en los charts y demostrando que el público estaba más que listo para algo con más pegada. Por su parte, la banda respaldó el éxito sobre los escenarios: Slave to the Grind llevó a Skid Row de gira mundial, primero abriendo para Guns N’ Roses y luego como cabeza de cartel con nada menos que Pantera y Soundgarden de teloneros. El álbum mantuvo el tipo incluso cuando la marea grunge arremetió. A la larga, sin embargo, los cambios de década no perdonan: tras este disco la banda enfrentó turbulencias y su siguiente trabajo Subhuman Race del 95 ya no alcanzó el mismo impacto y poco después Bach dejó el grupo. Pero este álbum quedó inmortalizado como su obra cumbre, disco 10!.

Músicos:

  • Sebastian Bach – voz

  • Dave “Snake” Sabo – guitarra

  • Scotti Hill – guitarra

  • Rachel Bolan – bajo, coros

  • Rob Affuso – batería

Canciones:

  1. Monkey Business

  2. Slave to the Grind

  3. The Threat

  4. Quicksand Jesus

  5. Psycho Love

  6. Get the F**k Out

  7. Livin’ on a Chain Gang

  8. Creepshow

  9. In a Darkened Room

  10. Riot Act

  11. Mudkicker

  12. Wasted Time

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