«Barón Rojo y Obús celebran más de cuatro décadas de rock a su paso por Murcia»

Crónica escrita por Isa M., fotos de Crom

El pasado 28 de marzo de 2026, la Sala Mamba de Murcia acogió una de esas noches especiales para cualquier amante del rock nacional: el encuentro sobre un mismo escenario de dos auténticas leyendas como Barón Rojo y Obús, dos nombres imprescindibles para entender la historia del heavy metal en nuestro país. Ambas bandas, formadas en 1980, no solo fueron pioneras del heavy metal en España, sino que han sabido mantenerse en activo durante más de cuatro décadas, convirtiéndose en referentes indiscutibles para varias generaciones de rockeros.

A nivel personal, la cita tenía un significado especial: mi primer concierto fue precisamente de Barón Rojo, y poder seguir viéndolos sobre el escenario tantos años después sigue siendo un auténtico lujo. He tenido la oportunidad de ver a ambas bandas en numerosas ocasiones, incluso compartiendo cartel, como en el El Muelle Music Festival de Mazarrón. Y, aun así, vuelvo a verlos siempre con la misma ilusión. Porque hay conciertos que no se miden solo por la novedad, sino por lo que representan. Y pocas bandas han marcado tanto (no solo a quien escribe estas líneas, sino a varias generaciones) como Barón Rojo y Obús. Aquella noche en Murcia no fue solo un concierto más: fue una celebración de un fenómeno que, contra todo pronóstico, sigue muy vivo.

BARÓN ROJO

La noche arrancó con cierta incertidumbre sobre el orden de actuación, pero cualquier duda quedó despejada en cuanto, pasadas las 21:35, comenzó a sonar la intro y los miembros de Barón Rojo hicieron acto de presencia sobre el escenario de la Sala Mamba. Eran ellos quienes abrían la velada. Fieles a su costumbre, la banda no arrancó directamente con sus grandes himnos, sino que apostó por un inicio más progresivo. “Larga vida al rock & roll” fue la encargada de romper el hielo, seguida de un saludo a la audiencia que dejó una frase muy celebrada: “Murcia, de las tierras más rockeras que hay, donde hay muy pocos desertores del rock”, dando paso a “Los desertores del rock”, ya con un público completamente metido en el concierto.

A nivel instrumental, la banda se mostró en plena forma. Es indiscutible que siguen siendo unos virtuosos. Sin embargo, el punto más débil volvió a estar en las voces, algo que se ha ido notando con el paso del tiempo. Aun así, el peso del repertorio y la conexión emocional con el público sostuvieron el concierto sin problema. El setlist fue avanzando combinando temas menos habituales con otros más reconocibles como “Fugitivo”, “El Malo”, “Invulnerable” o “Vampiros y banqueros”. Tras “El Malo”, Carlos de Castro se dirigió al público para agradecer la acogida y dejar caer que esperaban volver, en uno de los pocos momentos de interacción directa con la audiencia.

La puesta en escena fue sobria, sin artificios ni decoración: solo los músicos sobre el escenario, defendiendo su legado a base de canciones. En ese contexto, destacaba la figura de Armando de Castro, con su ya característica “miniguitarra”, aportando ese toque visual distintivo. El ambiente fue creciendo poco a poco hasta alcanzar uno de los primeros grandes momentos con “Hermanos del rock and roll”, donde el público empezó a volcarse de forma más evidente. Pero si hubo un punto de auténtico estallido, ese llegó con “Los rockeros van al infierno”, todo un himno que desató la euforia colectiva, incluyendo además guiños a temas como “Caso perdido” y “Diosa razón”.Tras la interpretación de “Los rockeros van al infierno”, la banda se tomó un momento para presentarse: Carlos de Castro (guitarra y voz), Armando de Castro (guitarra solista y voz), José Luis Morán (bajo) y Rafa Díaz (batería). Después, las luces se apagaron brevemente, dejando sobre el escenario a Carlos y a José Luis, antes de que Armando regresara animando al público con coros de “uooooh”, en uno de los escasos momentos de interacción directa de la noche.

A partir de ahí, el tramo final fue una sucesión de clásicos como “Cuerdas de acero”, “Hijos de Caín”, “Botas sucias”, “Concierto para ellos”, “Siempre estás allí” y “Resistiré”, cerrando un repertorio que repasó buena parte de su trayectoria. Sin apenas pausas entre canciones, enlazando un tema tras otro, Barón Rojo ofreció dos horas de concierto en las que el protagonismo recayó en unas canciones que forman parte de la historia del rock en España. Porque para muchos (y me incluyo), ver a Barón Rojo sobre un escenario sigue teniendo un significado especial. No es solo un concierto más. Es volver a aquel primer concierto, a ese momento en el que todo empezó. Y comprobar, una vez más, que esas canciones siguen ahí, resistiendo el paso del tiempo. Igual que nosotros seguimos al otro lado, coreándolas y resistiendo…hasta el fin.

 

OBÚS

Si no hay energía, show y conexión con el público, no es un concierto de Obús. Y, como era de esperar, no fallaron. Apenas diez minutos antes de la medianoche, comienza la intro con una cuenta atrás en pantalla: 10, 9, 8… hasta el cero. La tensión va en aumento y, a diferencia de la sobriedad de Barón Rojo, aquí sí hay más puesta en escena: pantalla LED y los clásicos roll-ups con la calavera. Desde el primer momento queda claro quién manda aquí: Fortu Sánchez. Es puro espectáculo. Está en plena forma, el de siempre: canalla, provocador, cercano. Se azota el culo, se tira agua por encima para refrescarse… y no para de moverse e interactuar con el público en todo el concierto.

Arrancan con “Necesito más”, seguida de “La raya” y “El que más”, dejando claro que esto va a ser un concierto sin respiro. En “Más que un dios” surgen problemas con el micrófono, que se le apaga, pero lo solucionan rápido sin romper el ritmo. El repertorio avanza con clásicos como “Corre mamón” hasta llegar a “Pesadilla nuclear”, donde Fortu introduce el tema con un mensaje claro: “Hace 45 años tuvimos una pesadilla nuclear… no hemos aprendido y estamos al borde del abismo”. Durante la canción lanza consignas y hace el gesto de la paz, mostrando ese punto reivindicativo que siempre ha tenido la banda.

En mitad del concierto sufre un pequeño percance en la rodilla, pero lejos de parar, lo convierte en parte del show con humor: comenta que antes no le dolía nada y ahora sí, bromea con los cables del escenario y deja claro que no van a detenerse porque está rodeado de amigos y tocando casi en casa. También le dedica unas palabras a su chica, Yoli, que está en el puesto de merchandising y será la encargada de solucionar su problemilla con la rodilla. Nos cuenta que cuando acabe el concierto se va a ir de marcha con unos colegas y que en el coche va a poner su cinta de cassette y va a escuchar una canción que todos conocemos y vamos a ayudarle a cantar: “Autopista”. Uno de los momentos especiales llega con “Dame tu amor”, donde aparece Santi Campillo como invitado a la guitarra. Y poco después, en “Dinero, dinero”, pide apagar las luces y hace que el público ilumine la sala con los móviles.

El concierto también tiene su parte de homenaje: Fernando Montesinos recuerda la pérdida reciente de Ross The Boss, así como a Phil Campbell y, por supuesto, a Lemmy Kilmister, antes de lanzarse con un fragmento de “Ace of Spades” de Motörhead.

Musicalmente, la banda está a gran nivel. Paco Laguna brilla a la guitarra, acompañado por Fernando Montesinos al bajo y Carlos Mirat a la batería, que protagonizó su característico solo con una escalera mientras Fortu se coloca a la batería. Pero si hay algo que destaca por encima de todo es la voz de Fortu: mantiene una potencia y un registro prácticamente intactos, algo sorprendente después de tantos años. 

El tramo final es una auténtica fiesta con temas como “Va a estallar el Obús” y “Vamos muy bien”, donde incluso baja a cantar con el público. Se despiden con un mensaje claro: “Larga vida a la música en directo… ¡a tomar por culo el reggaetón!”, prometiendo volver pronto.

El concierto se me pasó volando y me dejó la sensación de que “necesito más”. Por suerte, no habrá que esperar demasiado, porque el próximo 31 de julio en Mazarrón volveré a ver a estas dos leyendas volviendo a compartir escenario .

 

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