“Acosado nuestro indio se puso a tocar Black”
Escrita por Christian Darchéz
Los proyectos unipersonales no son para nada ajenos a la movida del metal, especialmente en las corrientes más extremas de los mismos. No voy a ponerme a nombrar porque si no la reseña se convertiría en una suerte de artículo de Wikipedia ya que no es la idea, pero para que se entienda a lo que voy es que en el último tiempo se ha convertido en una especie de moda a tal punto que a casi nadie le llamaba la atención que un solo músico no solo componga la música sino que también grabara todos los instrumentos y las voces. Pero, sin embargo, el músico indio de origen mexicano Jon S. Krieger, bajo el apodo de Sgah’gahsowáh, palabra en mohawk que significa “La bruja halcón”, con su proyecto afincado en USA y más precisamente en las montañas Adirondack (Nueva York), desde su aparición en 2022 con su proyecto llamado Blackbraid, viene levantando polvareda tanto en los medios especializados como en aquellos que de metal entienden lo mismo que yo de matemáticas, como es el caso del New York Times, que le dedicó un artículo entero. ¿La razón? Dentro de su proyecto Black atmosférico/pagano/folk producido de manera independiente (aunque cuenta con todo un aparato publicitario bastante aceitado), el bueno de Krieger le rinde tributo a las creencias y mitologías de los pueblos originarios de USA no solo en las líricas sino también en la variedad de elementos que ofrece en su música con instrumentaciones autóctonas. Motivo por el cual su primer disco de 2022 y su sucesor de 2023, a la prensa le vino como anillo al dedo para encontrar el santo grial que cada tanto necesitan para llenar sus publicaciones: una rareza exótica como la de Blackbraid, por más que ya existen miles de proyectos como los de él en la escena, no debían dejar pasar, tal como hicieron en 2015 con los polacos Batushka. Y así el amigo Krieger cayó víctima del mayor cáncer actual que afecta tanto al cine como a nuestra música: el culto a la exageración, o sea el de vender a un proyecto o banda como la revolución de un estilo, creando expectativas desmedidas que luego a lo mejor no se cumplen. Claro que en este caso no es culpa del amigo indio Krieger, que seguro ni esperaba semejante atención cuando lo único que quería era expresarse musicalmente y esto es justo aclararlo, por eso me acerqué con ciertas reservas (ya lo saben: los medios especializados me dicen “buen día” y yo salgo afuera a ver si no está lloviendo) hacia este nuevo esfuerzo de Blackbraid y, si bien entiendo que no se trata para nada de un mal álbum, ser víctima del culto de la exageración tiene consecuencias muy graves porque no está ni cerca de ser uno de los grandes discos del año.
“Blackbraid III”, tercer disco del proyecto unipersonal de Krieger llamado Blackbraid, a nivel lírico y musical no se aleja demasiado de sus predecesores de 2022 y 2023, pero con la diferencia de que en esta oportunidad el sonido se presenta mucho más cristalino y trabajado a conciencia (eso se lo tengo que reconocer), que dentro de todo le da bastante aire a las guitarras para que los riffs estridentes o los machaques respiren más, al igual que las bases rítmicas (aunque la batería y la voz por momentos parecieran estar al mismo volumen), como también los elementos pagan/atmospheric/folk. Primero me toca ponerme el traje de Lorenzo Valla y decir por qué este tercer esfuerzo no se trata de la obra maestra que tanto pregona la prensa: es donde flaquea el mismo, su irregularidad. Dejando de dar tantas vueltas y exceptuando la intro, nos encontramos con tracks a puro Black estridente y lleno de blast beats como sus respectivas bajadas, como Wardrums at Dawn on the Day of My Death y The Dying Breath of a Sacred Stag, pero que resultan bastante genéricos y repetitivos en su estructura, y la duración de casi 8 minutos de este último genera tedio. Dicho recurso, que en mi opinión manejaron mucho mejor los finlandeses Catamenia, sobre todo en su debut Hall of Frozen North (1998) con temas más cortos y redondos, la misma prensa que hoy se deshace en elogios con este Blackbraid III en su momento les pegó por considerarlos “una banda aburrida y del montón”. Cómo cambiaron los tiempos. Después está el otro problema del disco: el elemento pagan/atmospheric/folk que tanto maravilló a los críticos solo está incluido en interludios que, la verdad, son muy aburridos y quedan limitados solo a guitarras acústicas o sonidos de animales que parecen descargados de YouTube y pegados con el Audacity. Entiendo que no debe ser fácil incluir dichos elementos en las canciones de corte Black ya que hay que darle cohesión, pero si los va a usar así, mejor prescindir de ellos porque sobran. ¿Aciertos? Por suerte el disco los tiene (para que no digan que soy un quisquilloso “anti todo”), como la epicidad Blacker en el andar de la potente God of Black Blood (mi favorita del álbum), que en el medio de la canción suena una flauta indígena a modo de solo que le agrega un plus a la canción. Los cambios de ritmos en las extensas Tears of the Dawn, que van desde la espesura puramente nórdica a los blast beats descontrolados, y los aires casi Thrasher/Death de Like Wind Through the Reeds Making Waves like Water, poseedora de buenos riffeos y machaques pesados adobados a la estridencia Black, son canciones donde al menos justifican su extensa duración. Y para el final llega un muy bien logrado cover de Fleshbound de los suecos Lord Belial, que por suerte se anota entre lo más destacado del disco.
Como ya mencioné más arriba, la producción en esta oportunidad es mucho más cristalina y trabajada a conciencia, pero cuidando que la pulcritud no merme la potencia de las guitarras, las bases y las voces. Y cuenta con una muy buena portada, de las mejores que vi este año. En lo personal, si bien el disco tiene instancias muy disfrutables, me resultó un tanto desparejo y con un componente pagan/atmospheric/folk pobremente implementado y que hasta sobra; por esta razón no puedo sumarme al culto de la exageración que alude a que estamos ante uno de los discos del año. En defensa de Krieger debo decir que admiro que haya hecho el disco él solo (yo ni de broma podría hacer algo así), pero también debo decir que las mejores victorias de los indios casi siempre son cuando atacan junto a miembros de su tribu, o en este caso músicos. Ahí está la clave para la próxima.
Blackbraid
Sgah’gahsowáh (Jon S. Krieger): voz, guitarra, bajo, batería
Tracklist
01. Dusk (Eulogy)
02. Wardrums at Dawn on the Day of My Death
03. The Dying Breath of a Sacred Stag
04. The Earth Is Weeping
05. God of Black Blood
06. Traversing the Forest of Eternal Dusk
07. Tears of the Dawn
08. Like Wind Through the Reeds Making Waves like Water
09. And He Became the Burning Stars…
10. Fleshbound (Lord Belial cover)

