“El disco negro que cambió las reglas del Metal”

Heavy Metal – Estados Unidos

Escrita por Crom

Cuando Metallica abrió la década de los 90 con este álbum homónimo (mejor conocido como “Black Album” por su portada negra), pocos imaginábamos el giro que iban a dar. Publicado un 12 de agosto de 1991, este quinto trabajo de la banda supuso un antes y un después en su sonido y en el Heavy Metal en general. Tras la complejidad técnica y la velocidad de …And Justice for All (1988), los cuatro jinetes se propusieron simplificar y pesar más sus composiciones. Para ello contaron con el productor Bob Rock (fichado porque les encantó cómo sonaba el Dr. Feelgood de Mötley Crüe) y juntos experimentaron con nuevas técnicas de grabación, logrando una producción potente y pulida como nunca antes: por fin el bajo de Jason Newsted tiene protagonismo, la batería de Lars Ulrich suena como un cañón, y la voz de James Hetfield gana en matices sin perder agresividad. El resultado fue un disco de Heavy Metal más accesible pero igualmente demoledor, que arrasaría en ventas y convertiría a Metallica en las superestrellas mundiales que siguen siendo a día de hoy.

La jugada les salió redonda desde el primer corte. Enter Sandman abre el álbum con un riff mítico que todos hemos tarareado alguna vez; oscuro, pesado, pero extrañamente pegadizo. Recuerdo escuchar ese comienzo por primera vez y quedarme boquiabierto: era más simple que otros a los que nos tenía acostumbrados la banda, sí, ¡pero vaya puñetazo en la cara! Un medio tiempo aplastante que nos invita a adentrarnos en la pesadilla del Hombre del Saco (“Sandman”). No es casualidad que fuese el primer single: se convirtió en himno instantáneo, con su estribillo coreable y el “¡Exit light, enter night!” retumbando en nuestros oídos. Le sigue Sad But True, bajando aún más las revoluciones pero aumentando la carga heavy con un riff grave de esos que te hacen mover la cabeza… yo lo hice en el Monsters of Rock del ‘91 en Barcelona, cuando aún tenía pelo que mover jaja. Hetfield lanza sus típicos “¡Yeah!” con rabia mientras la canción avanza demoledora. Holier Than Thou, por su parte, acelera un poco el ritmo con un toque más rockero y desenfadado, con James escupiendo las letras con actitud desafiante (dicen que inicialmente querían este tema como primer single por su energía). Tres canciones, tres golpes certeros: a estas alturas, hasta el fan más purista del Thrash empezaba a admitir que aquí había algo especial y distinto en este disco.

La sorpresa continuó con The Unforgiven, una de mis favoritas de este álbum. Metallica juega aquí con la dinámica de balada heavy: en lugar de estrofas suaves y estribillo potente (la fórmula típica), hicieron lo contrario. Las estrofas son delicadas, con la voz de Hetfield casi susurrando emociones y arropada por guitarras limpias, para luego explotar en un estribillo duro y sentido donde James ruge “So I dub thee unforgiven…”. El resultado es un tema emocionante, épico y diferente, con un solo de Kirk Hammett lleno de feeling que te pone la piel de gallina. A día de hoy sigue siendo infaltable en los directos, y no me extraña: es de esas canciones que cantas a pleno pulmón, sintiendo cada nota. Wherever I May Roam viene después con ese inicio exótico de guitarra tipo sitar que nos sumerge en atmósfera viajera. Es un tema pesado pero con un groove envolvente, dedicado a la vida nómada en la carretera (“donde quiera que vague, allí está mi hogar”). El bajo de Jason y la batería de Lars construyen una base poderosa sobre la que Kirk dibuja uno de los riffs más pegadizos del disco. Otro temazo que mostraba la versatilidad de Metallica en este trabajo: podían bajar las revoluciones sin perder un ápice de fuerza.

El disco no decae tras la famosa balada; aún quedaban cartuchos por quemar. Don’t Tread on Me arranca la cara B con un riff marcial y un toque patriótico (toma su nombre y el logo de la serpiente de la bandera Gadsden, la misma de la portada). Es un medio tiempo desafiante, menos conocido, pero con un estribillo potente donde Hetfield prácticamente te dice “no me pises” a mordiscos. Through The Never acelera de nuevo las cosas: un trallazo speed metal que nos recuerda al Metallica ochentero, con Lars metiendo doble bombo y Hetfield escupiendo líneas llenas de furia y filosofía (“Through the never we must go, out to the edge of forever…”). Este corte, aunque no fue single, es de mis preferidos ocultos del álbum porque rebosa energía – ¡pura adrenalina en menos de 4 minutos! 

Y entonces llegó Nothing Else Matters… la balada que nadie esperaba de Metallica. ¿Una canción de amor sincera, con guitarras acústicas, solo emotivo y hasta arreglos de orquesta? Sí, la hay, y es maravillosa. Recuerdo que al principio muchos metaleros rípicos, los Metalpacos del mundo (risas) no sabían cómo reaccionar: algunos renegaban (“¡¿Metallica haciendo power-ballads?!”, decían), pero la realidad es que este tema terminó conquistando hasta al más pintado. James Hetfield abrió su corazón en la letra (“so close, no matter how far… tan cerca, no importa lo lejos”), hablándonos de vulnerabilidad y sinceridad como nunca antes, y lo hizo sin perder la esencia. La voz suena cálida y llena de sentimiento, las guitarras nos mecen con una melodía inolvidable, y el solo de Kirk, simple pero precioso, canta por sí solo. Nothing Else Matters se convirtió en un fenómeno: sonó en la radio, en la MTV, en bodas, en conciertos multitudinarios con todo el público encendiendo mecheros (y móviles, años después)… Puede que entonces dividiera opiniones, pero hoy es indiscutiblemente uno de los himnos más grandes del Rock. 

Of Wolf and Man, por otro lado, tiene un aire más groovero y divertido; su letra sobre licantropía (convertirse en lobo) le da un toque distinto y muestra a la banda pasándolo bien dentro de la oscuridad. Atención al riff principal y al puente, ideales para el directo con el público aullando ese “Mayhem” junto a James. En la recta final nos encontramos con dos temas que cierran el álbum dejando huella. The God That Failed baja un poco el tempo, sí, pero a cambio ofrece uno de los riffs más pesados y oscuros de Metallica. Aquí Hetfield vuelca su dolor y rabia personal hacia la fe (la canción está inspirada en la trágica muerte de su madre por negarse a tratamientos médicos debido a sus creencias religiosas). El bajo de Jason suena especialmente sólido en este tema, llevando la melodía en algunos tramos, y el solo de Kirk es puro sentimiento contenido. Es una canción densa, con un groove casi doom en el riff principal, y una atmósfera de desengaño que pone los vellos de punta si conoces su trasfondo. Le sigue My Friend of Misery, construida sobre un memorable línea de bajo compuesta por Newsted (de hecho, originalmente Jason la pensó como instrumental, en la tradición de los viejos discos). Es un tema medio-tiempo, melancólico y bastante atmosférico, que sirve de antesala al cierre. Me gusta cómo este corte te envuelve poco a poco; es diferente al resto, más triste quizá, con coros de fondo que le dan un aire épico discreto. Y finalmente, The Struggle Within clausura el álbum por todo lo alto, acelerando de nuevo el ritmo. Comienza con un redoble militar y enseguida se desata en un uptempo cañero: es el guiño final al pasado thrash de la banda, con guitarras galopantes y Hetfield cantando con furia. Un cierre perfecto que te deja con ganas de volver a poner el disco desde el principio, como todo gran álbum debe hacer.

En conclusión, el Black Album fue (y es) un disco fundamental, no solo en la carrera de Metallica sino en la historia del Heavy Metal. Con él, la banda rompió sus propias barreras y las del género, llevando el metal a las masas como nunca antes. Pasaron de ser ídolos del Thrash underground a los reyes absolutos del Metal a nivel mundial, llenando estadios y sonando en todas partes. El impacto fue tal que abrió las puertas para que mucha gente que nunca había escuchado metal se enganchara gracias a canciones como Enter Sandman o Nothing Else Matters. Por supuesto, también hubo controversia: muchos fans veteranos extrañaban la fiereza de Ride the Lightning (1984) o Master of Puppets (1986) – yo mismo admito que en su día me costó digerir el cambio y, gustos personales aparte, sigo teniendo debilidad por aquellos álbumes clásicos. Metallica suavizó la velocidad y pulió el sonido, sí, y algunos gritaron “¡se han vendido!”. Pero con la perspectiva del tiempo, negar la calidad y la influencia de este disco sería absurdo. Cada tema es un himno, la producción sigue sonando gigante décadas después, y la voz y composición de Hetfield alcanzaron aquí una madurez increíble. El Black Album cumple 34 años tan fresco como el primer día: es de esos discos que no envejecen, que siempre apetece volver a escuchar y que siguen reclutando nuevas generaciones de fans. Quizás no sea mi favorito personal de Metallica (mi corazón thrasher pertenece más a Ride the Lightning, lo confieso), pero respeto y amo lo que este trabajo significó. En Dioses del Metal le llamamos “Disco 10” con razón: Metallica – Metallica (1991) es una obra maestra indiscutible, un álbum que cambió las reglas del juego y cuyo legado perdura hasta hoy. Si hace tiempo que no lo escuchas, hoy es el día perfecto para volver a dejarte aplastar por sus riffs… ¡Enter night, take my hand! 😉

Canciones:
Enter Sandman
Sad But True
Holier Than Thou
The Unforgiven
Wherever I May Roam
Don’t Tread on Me
Through The Never
Nothing Else Matters
Of Wolf And Man
The God That Failed
My Friend Of Misery
The Struggle Within

Metallica (1991):
James Hetfield – Voz y guitarra rítmica
Kirk Hammett – Guitarra solista
Jason Newsted – Bajo
Lars Ulrich – Batería

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